Cancillería democrática e incluyente
El gravoso legado que la Revolución Ciudadana recibió de la partidocracia, en materia de administración pública y de otras importantes funciones de sustantividad del Estado, es una relevante muestra de las dificultades que diariamente el gobierno del presidente Correa debe enfrentar para lograr el cambio anhelado por y para el conglomerado social.
En nuestra existencia republicana, solo en el paréntesis civilizador de los regímenes alfaristas y de otros pocos más, los asuntos de la política exterior tuvieron el esmero, la preocupación, la acción decidora y la efectividad en defensa de los intereses patrios como los planificados ahora y que se implementan en el actual orden político.
No es desconocido que en el pasado, y con las excepciones de rigor, en esta importante repartición gubernamental encargada constitucionalmente de la gestión internacional ecuatoriana se solventaron criterios específicos -para el nombramiento de altos funcionarios- tales como la extracción social y hasta racial de los postulantes.
Pero además, doloroso es decirlo, la estrechez de miras y deficiencias graves en la metodología para el análisis de la situación hemisférica y mundial tuvieron funestas consecuencias para la República, como por ejemplo la mutilación territorial resultante de la firma del protocolo de Río de Janeiro en 1942, y otros tratados nefastos en el siglo XIX, cuya influencia malsana marcaron varias generaciones de connacionales y que, para muchos, es aún una herida abierta. Alguna vez el ilustre arzobispo de Quito González Suárez proclamó: “Si el Ecuador debe desaparecer, que sea, pero con el arma al brazo y no enredado en los hilos de la diplomacia”, estamos convencidos y ciertos a lo que se refería en su ardorosa e histórica proclama.
Sin embargo, hoy tenemos la incuestionable convicción de que los patrimonios legítimos de la nación están seguros y resguardados, con la actividad del actual Ministerio de Relaciones Exteriores y su titular, economista Ricardo Patiño Aroca.
La buena fe, el sentido de justicia, el sano deseo de estructurar embajadas y legaciones asumiendo las ricas expresiones de nuestra plurinacionalidad e interculturalidad, sustentados en una programación muy importante y que corresponde a múltiples designaciones para miembros de nuestros pueblos originarios indígenas y montubios, y también de mujeres con amplia formación profesional, inteligencia y espíritu patriótico, sirven para cimentar el fehaciente testimonio de nuestro aserto.
De esta manera se anula la maledicencia de quienes, en salones exclusivos y en infames conciliábulos autocalificados de académicos, establecen sus dudas y burlas por los pasos fundamentales casi únicos de la política exterior ecuatoriana, planteados por Rafael Correa, sostenidos en principios de soberanía e independencia y que ratifica hasta la saciedad la necesidad de la actualización y modernización de un organismo técnico, administrativo y funcional, concebido y diseñado para todos y que con presteza y eficiencia de sus estamentos sea la entidad ejecutora de la política exterior del país.
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