QUITO SIN ALCALDE: El arte de destruir una ciudad con sonrisas, caradura y retórica
Quito está atrapada en un ejercicio político digno de un curso acelerado de como no gobernar, el alcalde Pabel Muñoz, otrora planificador de escritorio y burócrata experto en power points, ha logrado un récord difícil de igualar: gobernar sin que se note.
Se vuelve visible solo cuando hay ruedas de prensa, inauguraciones de obras que no existen o para recordar que “todo está planificado” como si la ciudad pudiera vivir de discursos bien entonados y promesas embotelladas.
La capital está sucia, colapsada, insegura, intransitable y abandonada, esto no es una entelequia, ni un juicio de valor, es una triste evidencia que se comprueba fácilmente caminando por las calles de la ciudad.
El alcalde insiste en su modelo de “gobernanza sin resultados”, fiel al estilo de su organización política: mucho marco teórico, cero ejecución, es la versión criolla del socialismo del siglo XXI “capítulo salón municipal”, donde el ciudadano es apenas un espectador de la inacción. Los planteamientos de concejales jóvenes y valiosos como Andrés Campaña, Wilson Merino o Michael Aulestia son soslayados por antipatías políticas sin pensar en la ciudad.
La movilidad es un caos, los semáforos siguen siendo piezas de museo, el Metro funciona como una maqueta a escala real con puertas que se abren, se cierran y se atrancan, los barrios periféricos olvidados, con baches, sin agua, sin servicios, esperando una regularización ofrecida, irresponsablemente, en tiempos de campaña; las veredas del centro histórico aún esperan, por lo pronto son un infame mercado informal y peligroso por los cuatro costados.
¿Y el alcalde? En reuniones, en mesas técnicas, en fotos sonrientes, porque gobernar para él, es sinónimo de “procesos en curso”. Muñoz ha elevado “el gobernar sin gobernar” a la categoría de política oficial. Hablan de participación ciudadana, pero no escuchan. Hablan de transformación, pero no transforman ni una baldosa. Y ahora que la revocatoria del mandato se instala como un clamor ciudadano, desde su trinchera política responden con arrogancia, como si revocar a un alcalde, por ineficaz, fuera una ofensa a la democracia cuando en realidad se trata de un acto de higiene institucional.
Revocar no es un capricho, es una obligación ética de una ciudad que no puede seguir a la deriva, sin resultados, porque si hay algo que este alcalde ha demostrado con esmero es su habilidad para no entregarlos. La ciudad no es un centro de estudios, es una urbe viva que exige respuestas, no retórica.
La revocatoria no es un golpe, es una defensa. Quito no necesita más frases vacías, Quito necesita gestión, obras, liderazgo, y sobre todo, requiere que quienes prometieron servir, no se sirvan de la ciudad para sobrevivir políticamente. Revocar a este alcalde no es un acto radical, es una respuesta proporcional a una gestión ausente, porque lo único mas peligroso que un mal alcalde, es uno que no existe.
Ya basta de gobiernos locales que administran con teorías y abandonan la labor con excusas, Quito merece mucho más que una burocracia sonriente. ¡Merece un alcalde!
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