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El Telégrafo
Mónica Mancero Acosta

Vivir con miedo

24 de abril de 2022

En época reciente Ecuador ha tenido crisis muy duras, quizás una de las peores fue la de 1999 debido a que muchas familias perdieron sus ahorros o directamente estos se esfumaron, se perdieron empleos y más de un millón de personas tuvo que salir del país en búsqueda de subsistencia. Fue una situación durísima, sobre todo para los que la padecieron directamente. De todas formas, paulatinamente la propia dolarización fue permitiendo una relativa estabilización de la economía y fuimos saliendo adelante.

 

Hoy la crisis es distinta y es en todos los órdenes. Si hace un año, durante la campaña electoral, la preocupación más grande era el desempleo, hoy es la violencia. Durante este año hemos asistido a un deterioro vertiginoso de la seguridad ciudadana, hasta tal punto que los niveles de asesinatos, sicariatos, masacres carcelarias, amotinamientos no tienen parangón en nuestra historia reciente.

 

Pero no es que el desempleo y el débil crecimiento económico, la escasa seguridad social, la insuficiente educación, la restringida salud, la desnutrición infantil, la violencia contra las mujeres se hayan solucionado. Al contrario, éstas persisten y se agudizan en el marco de la violencia estructural de la sociedad a merced de las mafias que se han instalado sin que sepamos bien cuándo y cómo.  

 

Frente a semejante situación, la mayor angustia es vernos atrapados en un neoliberal, y sabemos por anticipado que sus intereses no se encuentran con la gente sino con el capital, sobre todo con el financiero. En este marco general, percibimos además que no hay capacidad de respuesta, que no saben cómo generar políticas públicas, que parecen no saber cómo manejar estas distintas y complicadas situaciones de narcotráfico incrustados ya en estructuras estatales. Así, la desazón es grande entre la población ecuatoriana que no sólo tiene que ver la manera de subsistir económicamente día a día, sino que también ve amenazada su propia sobrevivencia material y física, algo que no habíamos experimentado antes.

 

Vivir con miedo es una nueva sensación que no solo nos está paralizando, sino que además nos quita el ánimo, el optimismo de seguir adelante y hace que no veamos futuro para nuestros hijos en este país. Esa sensación de derrota es una factura demasiado cara no solo para nosotros sino sobre todo para nuestros jóvenes que sabemos no tienen mayores oportunidades en el tipo de sociedad que se está configurando, en la cual la violencia, la corrupción, la impunidad y la viveza parecen ser la moneda corriente.

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