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El Telégrafo
Mónica Mancero Acosta

¿Quién decide por las mujeres? El marido, el cura o el Estado

13 de febrero de 2022

A una niña o mujer violada y embarazada no se debería ponerle plazos para reparar el daño causado. Ella no ha consentido, si no hay consentimiento no se genera ninguna obligación de su parte. Esta es una causal de aborto que no debe tener limitantes debido a que se origina a partir de un acto execrable, el delito la violación, perpetrado por su padre, hermano, primo, tío, abuelo, generalmente.

 

Las movidas de la Asamblea y del propio Ejecutivo no es porque se preocupan de la otra vida, como lo dicen. El interés de fondo es limitar los derechos a las mujeres, dado que estamos avanzando, a paso de tortuga y con unos impasses políticos espantosos, es cierto. Pero debido a las demandas y organización del movimiento feminista, la Corte Constitucional dictó una sentencia insoslayable: las niñas no pueden ser encarceladas si intentan abortar por una violación.

 

En efecto, lo que les asusta no serán los embriones o fetos abortados, no les importa nada, han tenido y tienen en sus manos políticas públicas para hacer que los niños —seres humanos con todas las condiciones para que el Estado les proteja— con severa desnutrición infantil puedan vencer esta condición, y no han hecho nada. Es de los peores indicadores que tenemos, y durante el correísmo hasta la actualidad solo se han sumado fracasos. ¿Les interesan las dos vidas? No, lo que les interesa es que la mujer no deba tener un pequeño espacio y decisión sobre su cuerpo, lo que le preocupa es la autonomía y sus consecuencias.

 

Por cierto, mujeres indolentes y cegadas por la dominación masculina hacen eco de estos discursos. Seres confundidos que han naturalizado tanto su propio rol y sumisión que no les cabe pensar que es posible un horizonte distinto en el cual podamos autónomamente decidir sobre nuestra sexualidad y nuestros cuerpos.

 

La despenalización del aborto en general es una tendencia mundial indetenible. Cierto que grupos conservadores o, más bien, retrógrados buscan menoscabar los derechos adquiridos. Esto lo vemos en Estados Unidos, por ejemplo, donde se organizan en marchas y pretenden prohibir el aborto allí donde ya fue aprobado. No hay que alarmarse, el patriarcado agonizará lentamente y serán los coletazos de este sistema que cada vez muestra sus peores garras para intentar supervivir.

 

Una vergüenza de Asamblea tiene que decidir acerca de las condiciones en que se practicará un aborto por violación, con algunas y algunos asambleístas valientes, hay que reconocerlo. Luego vendrá algún tipo de veto del Ejecutivo, en manos de los fieles del Opus Dei. Pero llegará el momento que las mujeres no requieran de ninguna autorización especial para decidir sobre su propio cuerpo. Si antes fue el marido, luego el cura, hoy es el Estado, pero en nuestro caso es una institucionalidad vergonzante que no le correspondería tomar decisiones de esta índole, y que merece nuestro repudio.

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