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El Telégrafo
Xavier Guerrero Pérez

Poderosas (os), ¿para qué…?

05 de junio de 2023

Me llamó poderosamente la atención la reflexión que ayer realizó un sacerdote jesuita -en su homilía- respecto de la solemnidad de La Santísima Trinidad (Un solo Dios; tres personas distintas). De forma sucinta, expresó: ‘Por Jesús sabemos que Dios puede únicamente amarnos; y nos ama. Para entenderlo, debemos ubicarnos dentro del contexto del amor; del amor de Dios: amor puro, inagotable e invencible. De ahí que, el poder de Dios no está en él mismo. Es decir: Él no es una persona poderosa per se. Va más allá de eso: Él es el amor mismo. Es su amor el que lo vuelve poderoso, de una magnitud inimaginable; es su amor el que lo conduce a que lo pueda todo’.

Estamos hablando de que Dios se hizo amor y que nos ama. Su poder es de amor ¡Poder radicado en el amor!

Mientras iba de camino a casa, pensaba en el tema semanal para esta columna, que es de ustedes, estimados lectores. Al mismo tiempo, otorgué parte de mi tiempo a reflexionar en dos hechos ecuatorianos bien definidos: por un lado, cerca de 20 días llevan en funciones las autoridades de los gobiernos seccionales; y, por otro lado, estamos poco a poco conociendo a quienes pretenden participar en un nuevo proceso electoral, buscando ser electas(os). De esa forma, llegué a la conclusión de que se vuelve propicio meditar en ‘el poder’, a la luz de la reflexión que compartí en el párrafo introductorio de esta columna, y que guarda conformidad con la Doctrina Social de la Iglesia.

Partiendo desde lo general, pero enfocados desde el ámbito público: ¿Qué vuelve a una política o a un político volverse un ser poderoso? Tratemos de ilustrar con la siguiente definición:

Político poderoso: aquella persona que se desvía de ‘lo que es’ y de ‘su labor’, para erróneamente asumir que por su condición temporal -en el sector público- tiene licencia para actuar de manera irresponsable, arbitraria y hasta abusiva, pudiendo llegar a preocupar si opta por buscar maneras para sutilmente restringir o anular derechos o libertades, además de tener un comportamiento irrespetuoso e insolente, pudiendo llegar a lastimar la dignidad de sus cercanos y la de los demás.

Para asimilar de mejor manera la invocada definición, es necesario contestar las siguientes dos interrogantes:

¿Qué es quien va a ejercer o está ejerciendo un cargo público, por voluntad del Soberano que se ha expresado en las urnas? Y, ¿Cuál es su labor?

Qué es: la funcionaria o funcionario público que goza de la condición de tal a través del voto popular es una persona llamada a ser facilitadora o facilitador, o servidora o servidor, de las y los mandantes. Estamos ante una Mandataria o Mandatario, que debe servir de instrumento para representar los más altos y delicados intereses de la sociedad, y, con sus conocimientos, esfuerzos y contingente, ir logrando cambiar en positivo la vida de la gente.

Cuál es su labor: La funcionaria o funcionario público que es permanentemente consciente de su condición de Mandataria o Mandatario, se obliga a considerar su labor como el deber más sagrado: cumplir y hacer cumplir el mandato recibido a través del sufragio universal ¿Cuál es ese mandato? Al menos cumplir sus promesas de campaña !No es cualquier pelo de cochino! La servidora o servidor del Estado ha receptado la confianza ciudadana, estando llamado a asumir la responsabilidad que aquello demanda, y a estar en función, en obediencia y bajo la orden de las y los electores. Su labor no es satisfacer algún capricho, propio o de terceros. Su labor no está en ‘inflar su pecho’ por el cargo que ostenta. Su labor está lejos de encontrar placer en el uso y abuso de las prerrogativas propias del cargo que ejerce.

Ahora bien, cuáles son las desviaciones del político poderoso:

-Olvida la expresión ‘fecha de caducidad’: decide dejar de lado el pensar que su condición como titular del cargo es transitoria (tiene un tiempo definido de ejercicio en el puesto). Posiblemente estima que el tiempo ‘no vuela’.

-Cae en la adicción a “lo material”: empieza a abrazar, al grado de apreciar y hasta de adorar, las herramientas del cargo que ostenta, al entenderlas como “beneficios”: vehículo a la puerta, con conductor y combustible “gratis” (aunque los electores siguen cubriendo esos gastos); el rodearse de personas no necesariamente los más competentes (sí que gozan de afinidad política o de compartir lazos de amistad); el adoptar conductas inusuales para con sus superiores (las y los jefes, tanto quienes votaron así como quienes no votaron por la mandataria o el mandatario): se muestra cada vez menos cercano, evita tener contacto o interactuar, e inclusive instruye a su equipo cercano para que mitiguen contactos espontáneos elector-representante (funcionaria/funcionario público); y, el realizar una gestión donde la única Ley válida es el propio criterio, ya a esas alturas sostenido por la arrogancia, el egoísmo y la vanidad.

Vuelvo a las palabras de aquel sacerdote de la Compañía de Jesús, y me pregunto: ¿Se puede pensar en políticos poderosos, donde ese poder se alimenta desde el amor? ¡Qué pregunta más difícil!

Algunas observaciones:

-No todo político termina como ‘político poderoso’. Hay excepciones. Bendito Dios existen personas que viven para la política, que vienen de familia honorable, que son decentes, que son personas de bien, y que una vez que cumplen esa misión sagrada de representación popular vuelven a sus posiciones en la sociedad, con su patrimonio igual o tal vez hasta algo deteriorado. ¿Usted los ha observado? ¡Yo sí! Personas que usted los encuentra en los supermercados, haciendo columna como usted o como yo, sin pose alguna, contando monedas para pagar la cuenta por los víveres que está adquiriendo, por citar un escenario.

A ratos creo que estas almitas están en peligro de extinción.

-Hay aquellas personas que en un principio parecerían que viven para la política. Momentos antes de ingresar a “la arena”, usted los observa sumamente sencillos, muy cercanos, si se trata de recorrer un sector donde hay lodo, lo hacen, o si las circunstancias lo determinan y hay que “abrazar hasta a quienes no conoce”, lo realizan gustosos. Es más, llegan a compartir su teléfono personal indicando que de esa manera habrá un contacto más directo. Sin embargo, una vez que han sido reconocidos como triunfadores de un proceso electoral, su personalidad pasa a ser otra muy distinta a la que mostraron en su momento. Lo que sí se aprecia es un alto grado de antipatía, un ego descontrolado, y que ha subestimado la voluntad popular, teniéndola por ingenua y hasta de inculta. Por ejemplo, bastaría ver a aquella persona que, en campaña usa un tipo de vestimenta, luego de obtener la victoria electoral, deja su “uniforme” para únicamente lucir “traje y corbata”, transcurre el tiempo, se termina su ciclo en el cargo, decide una vez más ser electa en algún cargo de elección popular, y se repite el ciclo: volver a ser abierto y lucir como los demás. Lo interesante es cómo esas personas se descubren solas: actuando exclusivamente por conveniencia.

De nuevo: ¿Se puede pensar en políticos poderosos, donde ese poder se alimenta desde el amor? La interrogante que he reiterado no es imposible de contestar. Tiene doble respuesta, desde lo divino y desde el análisis de estos tiempos tan turbulentos donde ‘está pasando de todo’.

Desde lo divino: en esta vida el ser humano puede vivir dándole la espalda a Dios, pero ocasionará que pase sus días en esta tierra siendo amargado e infeliz. Al morirse resulta estúpido que solicite como última voluntad que lleven todas sus pertenencias para que sean enterradas consigo en el ataúd. Al irse de este mundo nadie se puede llevar lo acumulado. Por el contrario, el ser humano al vivir persiguiendo llevar una relación de confianza plena (no de sentimentalismos) con Dios, lo conducirá a que incremente su amor a Él, y que intente día a día amar, amándose primero, para así amar a los demás. En buen romance: cambiando desde dentro, girando en positivo, para incidir en el prójimo, y apuntando a generar el sumo bien en la colectividad.

Desde el análisis de estos tiempos turbulentos: el reconocido estratega político Antonio Solá tiene una teoría, la cual explica que en esta nueva era (tiempos únicos y especiales) donde los ciudadanos están esperando cada vez más de sus representantes, y donde se han suscitado tantas situaciones complicadas y dolorosas, las y los políticos están llamados a realizar la labor para la que fueron elegidas(os), pero para darle cumplimiento a esa labor y de correcta manera, es decir para hacerla bien, se requiere que se la impulse con el corazón y desde ese sentimiento más sublime, bello y celestial que existe: el amor.

De esa manera, estoy convencido que podemos tener políticos poderosos cuyo poder deriva del amor. ¡Sí es posible! Lamentablemente no se puede ir a la farmacia y pedir medicina para contar entre nosotros con ellas(os). Se requiere concientización, voluntad, renuncia y compromiso en la propia persona política. ¿Nuestra clase política (o política de clases) está dispuesta a demostrarnos que el poder puede y debe estar cimentado en el amor? Quizá una muestra, a manera de respuesta preliminar, se observará en la conformación de binomios presidenciales y de listas pluripersonales para las candidaturas legislativas.

 

 

 

 

 

 

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