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El Telégrafo
Xavier Guerrero Pérez

Pero Jesús va más allá

10 de abril de 2023

Un año más el planeta tierra ha sido, al menos, testigo de la Semana Santa. 

Sí, un año más. ¡Bendito Dios!

Este 2023, el pueblo cristiano católico participó de la conmemoración de una Semana Mayor en un contexto sumamente especial: el sufrimiento, a más de la incoherencia. Justifiquemos.

¿Sufrimiento? Así es. Cada año, lamentablemente, aquellas y aquellos pares nuestros, es decir, personas como ustedes y como yo, la están -y la siguen- pasando mal. Y este año no solo no ha sido la excepción a la triste regla, sino que, además, se ha agravado de forma alarmante. Por ejemplo: aquellas personas que atraviesan complicaciones, de forma directa o indirecta, por los conflictos de guerra en sus naciones. También, la comunidad cristiana que vive momentos difíciles ya que viven su fe en un marco de restricciones. A ellos se les suma la travesía mortal de mareas humanas que dejan sus tierras en búsqueda de mejores días, y deciden asumir el riesgo de intentarlo aún cuando son conscientes que pueden perder la vida en el trayecto. Puedo seguir aportando más ejemplos, pero aumenta en mí el dolor únicamente por el hecho de transcribirlos. 

No me olvido: de quienes siguen en el desempleo y se cansaron de esperar en la promesa no cumplida de las autoridades de turno en cuanto a fomentar y ampliar las plazas de empleo, desde luego digno y estable; de quienes han confiado -con su voto en las urnas- en determinados representantes y les han fallado en la tarea sagrada que públicamente se encomendó; de quienes hoy el aparataje estatal los persigue por el “pecado” cometido de haber solicitado créditos educativos para especializarse y contribuir con su patria en pro de cooperar en la salida del subdesarrollo, pero dado que jamás hubo colocación laboral, las condiciones socioeconómicas se fueron deprimiendo paulatinamente, encontrando aceleración con gracias a situaciones concretas y de magnitud colectiva (como la pandemia de la COVID-19), y, al no tener ingresos se volvió rápidamente imposible honrar la obligación y, consecuentemente, se volvieron en deudores morosos involuntarios, aunque para las autoridades, ellas y ellos sean “morosas(os) empedernidos”; y, de quienes mantienen una salud mental y emocional que les califica para ser candidatas(os) a urgencias médicas, producto de vivir con miedo de ser blanco de la delincuencia y la violencia. ¡Innegable que hay paisanas(os) sufriendo! Rezo por ellas y por ellos, un tanto aislado -en lo que a mí respecta- por mi situación académica doctoral en tierras europeas. Aunque desearía hacer más, estimo que lo más importante ya lo estoy llevando a cabo: rezar.

¿Incoherencia? Desde luego que sí. El antecedente. La Santa Biblia recoge lo que ocurrió con Jesús, en menos de siete días: mientras que el Domingo se dio su entrada triunfal a Jerusalén, adornada de palmas y la escena caracterizada por las voces que al unísono lo proclamaban Rey y lo reconocían como Mesías; el contraste está el viernes, cuando las mismas voces que lo alabaron y le dieron gloria, ahora clamaban que sea crucificado por haberse autoproclamado rey. Detalle no menor a la actitud contradictoria, irónica y desde luego de incoherencia de las masas humanas: el haber sido manipuladas por quienes habían notado que Jesús les era incómodo para sus intereses (claro está, de unos pocos). 

Obviamente, el hecho de que el pueblo haya sido manipulado no les resta la responsabilidad que tuvieron en cuanto a que actuaron de forma injusta, ingrata y cruel para con una persona que únicamente había obrado bien. Es más, posterior a la crucificción y muerte de Jesús, las mismas personas que pidieron que sea asesinado, y que lo sacrificaron a cambio de que Barrabás salga de prisión, mostraban su arrepentimiento al percatarse que la sangre que había corrido fue la de un inocente.

Teniendo en cuenta el mencionado antecedente, traigamos el hecho a nuestros días. Tiene usted, entonces, a personas que el Viernes Santo dejan “botadas” a sus familias para ir a la procesión, caminar largos trayectos, a ratos cargando objetos pesados, o mortificando sus cuerpos, o casi siempre demostrando (al menos de forma verbal) su arrepentimiento por las fechorías cometidas. No obstante, antes de ese día, y luego del Domingo de Pascua, todo vuelve a la “normalidad”: en sus hogares, viva la violencia, sea de forma verbal, psicológica, o inclusive física o sexual; en sus trabajos (de contar con el milagro de tenerlos), siendo “parlantes” del chisme, emitiendo palabras lacerantes contra alguna persona vulnerable, o llegando al extremo de actuar con vileza y abusar a partir de su posición; en su interacción con la sociedad, maltratando a quien puede, abrazando la grosería y la descortesía, denostando a quien considera una “amenaza” por el hecho de que tal vez cuenta con más preparación, o, a veces simplemente es contra una persona que actúa sin perjudicar al resto, demostrando, en definitiva, una actuación irracional (propia de los animales) en lugar de mantener una conducta desde la racionalidad y la amabilidad. ¿Incoherencia? Sin duda alguna.

Un rasgo notorio de esto: personas que piden al buen Dios que propague paz para los pueblos, pero ellas y ellos no son capaces de generar paz en su propio círculo social, laboral o familiar; discutiendo por nimiedades, quejándose y alterando al resto por cualquier “pelo de cochino”.

Y esto sigue: sacerdotes y obispos que más les atrae la comodidad, que usan su posición como herramienta para dejar de usar transporte público y gestionarse un vehículo (no tan modesto que digamos), para hacerse “amigo” de “fulanito(a) o sutanito(a)” que tiene posibilidades económicas y mejor status social para así ser parte de reuniones sociales y de almuerzos en lugares de recepción privada. En suma, lo que en teoría debe ser una vocación que les produzca “oler a oveja” termina siendo una actividad que les lleva a mirar a la Iglesia que administran de forma temporal como una empresa, donde se pueden dar cargos para contentar “a unos cuantos”. Y a todo esto, casi nunca (o, mejor dicho, nunca) están para administrar los sacramentos, como la confesión; y, cuando la persona está pasándola mal, y les busca, es más probable que pase un mal momento, al ser presa de la impaciencia y la arrogancia, o al encontrar la puerta cerrada. Como lo he sostenido antes, no son todos. Aunque también lo he dicho, en nuestros últimos días en esta tierra, quienes tienen “olor a oveja” pareciera que están en peligro de extinción. 

Ciertamente quien tiene sentimientos nobles e implora del buen Dios un milagro (por una enfermedad compleja, por la falta de empleo, o por alguna circunstancia en particular), y acude a alguna procesión con el fin de que sea escuchada(o), o ejerce un acto de piedad con el mismo propósito, Jesús (que es Dios) acoge ese gesto de sacrificio, y él, en su perfecta sabiduría y divina providencia, sabrá responder (en algunas ocasiones su respuesta es la misma que esperamos). No obstante, él no busca tanto aquello de nosotros, sino que va más allá: que acojamos sus regalos que nos viene haciendo desde que fue concebido en el seno virginal de María Santísima; por citar: nos dio a su propia Madre, y nos dio aquel mandamiento que nos lleva a poder imitarlo: el amor, para amar a todos, incluso a quienes nos han lastimado, como él nos ama.

Y a aquellos sacerdotes y obispos no precisamente con “olor a oveja”: Jesús (que es Dios) les conoce, y aún así, con sus luces y sus sombras, permitió que reciban el sacramento del presbiterado. Se han preguntado: ¿Por qué? Él aún tiene esperanza en que ustedes se conviertan y se ganen aquí en la tierra la vida eterna del reino celestial. 

Finalmente, a nosotros, seamos solteros o casados, lo mismo: Dios nos ama y nos mira con agrado. Es paciente, busca que nos acerquemos a Él y que dejemos la vida que hoy estamos viviendo (mayormente mundana, y poco pura). Se han preguntado: ¿Por qué él sigue siendo paciente? Yo sí. La respuesta la encuentro en ese milagro que él realiza en mí cada día: me regala la vida, me permite tener contacto con mis seres queridos, y me deja saber que tiene un propósito para mí: cambiar -en positivo- al mundo, pero primero (Él ansía) que mejore como persona y cambie así mi mundo interior. 

Intente usted, ahora, meditar en mi respuesta. 

Felices Pascuas de Resurrección.

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