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El Telégrafo
Xavier Guerrero Pérez

Para reflexionar

09 de junio de 2022

Situación número 1: ‘cuando tod@s son lo mismo’

La usuaria en Twitter Mamela Fiallo Flor, en relación a la litis elevada al ámbito judicial públicamente conocida -y el reciente veredicto que se difundió- entre los actores Johnny Depp y su ex esposa Amber Heard, aseveró: “(…) no todo hombre es culpable por ser hombre y (…) no toda mujer es inocente por ser mujer (…)”.

Y sí, lo ratifico una, dos, tres y (como aseveran los ingenieros, para denotar que la tendencia es al infinito) ‘n’ veces; de hecho, le cambio el sentido, en positivo: hay hombres que deben ser excluídos de aquel segmento constituido por quienes se comportan de manera irrespetuosa y violenta (para con su propio genero, o en contra del sexo femenino), y hay mujeres que son parte de la excepción de aquella sección -minúscula, gracias a Dios- conformada por quienes tienen como accionar la descortesía y la grosería (sea entre ellas mismas, o frente al sexo masculino).

Y es que, tanto la descortesía como la violencia (y sus diversas manifestaciones) provienen de una persona (indistintamente de su sexo) para con otra persona (independientemente de que sea hombre o mujer). Así ha sido, y lamentablemente, así es y así será, hasta que comprendamos que somos humanos -no animales-, que contamos con la capacidad de razonar, y que la terapia psicológica es ideal. A esto se une la voz de una buena parte de la sociedad que ha venido tratando -posiblemente de forma intencional- de remarcar aseveraciones tales como: “la mujer siempre tiene la razón”, o, “tú (hombre) con una mujer no puedes discutir, porque siempre perderás y además te tildarán de… (asumo que conoce lo que sigue)”. Pero también, apuntando a la otra orilla, esta misma parte de la sociedad insiste en afirmar: “el hombre siempre busca lograr su cometido (llevarse a la cama a una mujer), con base en el engaño”, o, “tú (mujer) jamás confíes en un hombre, ya que todo hombre es morboso”.

Es posible destacar que estas aseveraciones son estereotipos que generalizan, que estigmatizan a los hombres o a las mujeres, y excluyen a unas personas (con tendencia a “santificar”) e incluyen a otras personas (con inclinación a “satanizar”). Es más, basta ver estos cuatro ejemplos, los cuales los he conocido y vuelto a escuchar a lo largo de mis años de vida: a) “Yo (padre) le he dicho a mi hija que jamás acuda a una entrevista de trabajo en la oficina privada de la persona (hombre), y también que ningún hombre da algo gratis”; b) “Tengan cuidado (hombres) cuando acudan a mantener relaciones sexuales con una persona (mujer), ya que si ella ‘les quiere fregar la vida’ en la puerta de la habitación puede gritar y montar una escena y decir que hubo intento de violación y usted va directo ‘al tarro’”; c) “Yo (madre) le he dicho a mi hijo que nunca conteste a una mujer en una situación donde yo (la progenitora) no esté presente, dado que en la discusión él tiene ‘las de perder’”; y, d) “Si él (hombre) te falta (de palabra), tú (mujer) álzale la mano (cáele con lo que tengas a la vista)”. ¿Se les hace conocida alguna de estas “máximas”? Son comunes, verdad. Pues decir que son parte de aquellas incorrectas “enseñanzas” que lo único que buscan, a mi entender, es generalizar, rivalizar y reducirnos como humanos, a ser “personas” sin códigos… encerrándonos en lo que dijo el Fiscal (protagonizado por el actor Aaron Eckhart) en la película de Batman, el caballero de la noche: “… una nación sin moral”.

 

Situación número 2: ‘cuando se tiene claro el norte: la irracionalidad’

Es sumamente triste cuando se observa que dos personas, más allá de su sexo, buscan resolver sus conflcitos a golpes. ¿Es de nuestros tiempos esta triste historia? Desde luego que no. Lo que llama la atención es que la misma se inicie en y desde aquellas personas que cuentan con un nivel de educación considerable, es decir que han transitado por las aulas universitarias.

En nuestros tiempos, que parecieran son los últimos, especialmente por la pandemia de la COVID-19, se han dado varias escenas, por citar: en su momento un determinado ciudadano ecuatoriano que ejerce la comunicación (prácticamente adulto mayor) mantuvo un dilema con otro ciudadano que hoy es funcionario público, y para “resolver” tal, el primero invitó a “los golpes” al segundo, previo intercambio “y no de palabras bonitas” entre ambos; y, también la reciente escena donde dos ciudadanos (uno de ellos es adulto mayor) pretenden “darse quiños” para así, según uno de ellos defender el honor de su ser querido, y el otro responder “como varón” porque le llamaron cobarde.

Incomprensible que en pleno siglo XXI todo se reduzca a “darse, y no consejos”, para así -según los protagonistas del lamentable hecho- mostrar quién tiene la razón. Me cuestiono: será que se omite pensar en que habrá al menos una persona lastimada, físicamente hablando; será que se omite que “el chiste” de mostrar a la sociedad quién “puede más” puede terminar -sin haber existido intención- con la vida de una persona, o de ambas, inclusive.

Siempre los conflictos, las guerras, las revanchas, la violencia y la masacre deja herid@s y víctimas que nada humanamente posible que se haga pueda reparar. Siempre lo que dos personas (especialmente si se tiene canas) lleven a cabo en cuanto a riñas se trata será el caldo de cultivo para que quienes son más jóvenes imiten y adopten las mismas. ¿Queremos eso? La tan repetida frase: “no a la violencia”, o “estamos en contra de la violencia” pasa a ser letra muerta y que únicamente luce hermoso cuando se inmortaliza en una placa, o pasa a formar parte de un librito llamado Ley, más cuando desde los espacios de poder no se reprueba el accionar de “ir a los golpes”, y hasta -lo afirmo con categoría- implícitamente se tolera o se llega a aceptar cuando se da un “muting por el foro”.

El sostener la “recomendación” de “fajarse cómo varón” es la sutil invitación a seguir en el subdesarrollo y descender al entorno cavernícola.

 

Situación número 3: ‘cuando se piensa que se marcha bien’

Cualquier parecido con alguna nación es pura coincidencia: érase una vez que en una comunidad política llegó a gobernar una persona cuyo performance describía -quizá sin esfuerzo- que se ha estado siguiendo la misma ruta -errada- que sus sucesoras(es) siguieron y que terminó dando vida a un momento social caracterizado por la ineficiencia, desorden y, paradójicamente “sin mando, aún existiendo alguien en el timón”. La situación “no tenía buena pinta”: una administración pública con muchas falencias, más que por herencia, por errores y omisiones de quien está en el poder, y de sus colaboradores; una gestión pública poco efectiva, donde parte de la burocracia de alto nivel no conocía en lo absoluto de ‘lo público’, bastante confundida respecto al cumplimiento del deber, y sectaria, debo decir, donde el abrazo únicamente se permitía si se era ‘parte de’, y no ‘fuera de’. Consecuentemente, el panorama para que se cristalicen los fines del deber ser de la administración pública lucía nublado, esto es, en resumen, el cambiar -en positivo- la calidad de vida de la gente, es decir, mejorar el bienestar individual y colectivo.

Revisando parte de la historia de la comunidad política a la que me refiero, se tiene que muchas voces (desde la academia, desde la consultoría política, desde la prensa…) venían clamando a la administración el prestar atención a los nudos críticos sociales, el sintonizar con las y los administrados… En suma, la urgente enmienda y el retomar la idea inicial de gobernar para mejorar, abandonando los sectarismos, reconociendo los errores, y detectando que ‘unos cuantos’ no podrán hacerlo sin ayuda de quienes, inclusive, están en la otra orilla. No obstante, se evidencia que se subestiman tales voces y se sobreestiman aquellas que provenían del círculo más cercano de la administración, teniendo entonces una gestión que insistía en que “se está trabajando para cambiar…”, pudiendo colegir que la preferencia de la administración estaba en los susurros que tenían como elemento común el que ‘todo está bien’, y el de ‘depositemos esfuerzos para evitar que quienes piensen distintos a nosotros puedan políticamente tener voz’.

Debo decir que dejé de leer acerca de la ya mencionada comunidad política. Me preocupó mucho que en nuestros tiempos se conciba una gestión donde exclusivamente se escuche a quien emita palabras agradables y que a todo diga ‘si’, que se recomiende realizar acciones o no se advierta de omisiones que tal vez son aceptadas politicamente pero inviables legalmente, y que se llegue a proponer como estrategia política (para “fortalecer” con votos) que se asevere sin miedo a ruborizarse que se tiene como misión, en vez de satisfacer las demandas sociales, empezando por las básicas (como dotar de servicios de salud de alta calidad y prestarlos con calidez, en pro de mantener y elevar la calidad de los pacientes…), se piense en cómo evitar que quienes piensan distinto tenga cabida en la gran sábana electoral.

A propósito el Doctor Rodrígo Borja en su enciclopedia de la política define como elemento de una sociedad democrática a la tolerancia a la oposición. Me pregunté: será que aquella comunidad política de la que me he referido, ese elemento se visualiza débil. No me atreví a responder, dado que, como lo mencioné, no continué leyendo la historia de aquel pueblo.

 

Como habitantes del planeta tierra, qué tan oportuno resulta meditar en las tres situaciones ya descritas. Absolutamente necesario. Esto estimo es parte de esa noble intención de empoderarse y de emprender, desde nuestros espacios, la lucha por la construcción de un mundo mejor, que comienza por la tarea de salir del subdesarrollo, y que está en manos de todas y de todos, seamos gobernantes o gobernados.

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