“Felices los normales”
“Felices los normales, esos seres extraños./ Los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho, un hijo delincuente,/ Una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida,/ Los que no han sido calcinados por un amor devorante,/ Los que vivieron los diecisiete rostros de la sonrisa y un poco más,/ Los llenos de zapatos, los arcángeles con sombreros,/ Los satisfechos, los gordos, los lindos,/ Los rintintín y sus secuaces, los que cómo no, por aquí,/ Los que ganan, los que son queridos hasta la empuñadura,/ Los flautistas acompañados de ratones,/ Los vendedores y sus compradores,/ Los caballeros ligeramente sobrehumanos,/ Los hombres vestidos de truenos y las mujeres de relámpagos,/ Los delicados, los sensatos, los finos,/ Los amables, los dulces, los comestibles y bebibles./ Felices las aves, el estiércol, las piedras./ Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,/ Las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan / y nos construyen (…).”
Los versos que anteceden fueron escritos por Roberto Fernández Retamar (La Habana, 1930-2019), uno de los intelectuales cubanos sustanciales. Hijo de la Revolución cubana, dirigió uno de los proyectos políticos culturales trascendentes: Casa de las Américas. Creó una bella poesía social y aportó con una teoría propia para la interpretación de la literatura latinoamericana.
Perteneció a la generación que comprendió la tarea política de la poesía y la lengua, como base para crear nuestra propia versión de la modernidad; deshaciéndola y rehaciéndola como sastre cuando cose a la medida; respondiendo de esa manera al proceso neocolonizador occidental, que llegó a nuestras tierras con su parte buena, el humanismo, y con su parte mala, el capitalismo imperialista, en forma de encaje.
Era una adolescente cuando escuché nombrar a Fernández Retamar. Él estaba en la lista de los que vendría a Portoviejo al Festival de la Flor de Septiembre, uno de los últimos proyectos que buscaban la transformación de la zona periférica de Manabí, mediante el atajo de la cultura consciente. Ese proyecto fracasó boicoteado por la oligarquía regional. Retamar no pudo llegar en aquel tiempo, aunque lo quisiese. Años después lo conocí en La Habana y quedó con el sombrero de Montecristi.
La “única inmortalidad posible” es el haber sido alguna vez y legado una creación. Roberto Fernández Retamar no ha muerto. (O)
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