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El Telégrafo
Xavier Guerrero Pérez

El camino equivocado

26 de abril de 2023

Es muy común que el ser humano opte por el camino equivocado. Si se trata de alzar la mano a efectos de identificación, soy el primero en levantarla. Y es que, al parecer, una gran parte de la sociedad, por no decir practicamente toda, busca -con su comportamiento- arrastrarnos a tomar esa decisión: ir por el camino equivocado. Propongo un antecedente bíblico para luego extrapolar al tema ya anunciado; a la luz de lo inmortalizado por San Lucas en las Sagradas Escrituras, en específico, conforme el pasaje que la Iglesia católica estableció para el pasado 23 de abril (Lc 24, 13-35). En síntesis: Jesús fue asesinado en la Cruz; momento después de la crucificción, dos de sus discípulos se fueron con destino a una aldea llamada Emaús; el propio Jesús se les acercó y se puso a dialogar con ellos, aunque estos discípulos no lo pudieron reconocer; Él les increpó su falta de fe, pero no reparó en dejar de explicarles las Escrituras; los dos discípulos le invitaron a Jesús a que se quedara con ellos, ya que empezaba a atardecer; en la mesa, Jesús bendice el pan y se lo brindó a los discípulos; ellos lo reconocen pero é en ese momento desapareció, entonces, comparten el hecho de que sus corazones ardían al escuchar a Jesús, y deciden retornar a donde se encontraban los once apóstoles, en Jerusalén.

Tal vez cada uno de nosotros tenemos inclinación por elegir el camino equivocado, a modo de un ejercicio diario que nos cuesta 0 esfuerzo, como si nuestra misión desde el nacimiento sea esa: fallar una y otra vez. Quizá lo que correspondía a los dos discípulos de Emaús, es que se quedaran en Jerusalén con los once apóstoles. Aunque, si ellos se quedaban acompañándolos a los Once, resultaba imposible que se suscite el encuentro con Jesús en camino a Emaús, y, consecuentemente, sea imposible en nuestros días poderlo compartir y adaptarlo a nuestra realidad. Ahora bien, vamos a lo concreto:

¿Buscamos hacer el sumo bien?

¿Decidimos día a día tomar el camino a “Emaús” (mi satisfacción personal, o de los míos)? Y, cuando Jesús sale a nuestro encuentro, nos comportamos con perversidad al punto de que lo ignoramos? Debo aseverar que Jesús se presenta en nuestro camino cada santo día. ¿Imposible? Es posible ejemplarizar con el siguiente hecho real:

“Hace días, salí a realizar compras a un supermercado. Faltaban pocos minutos para el cierre, y estaba lloviendo. Luego de cumplir con el cometido, salí del lugar, y justo a pocos metros se encontraba un adulto con dos menores de edad. Me acerqué. Dialogué con el hombre sentado en el suelo (parte del mismo estaba mojado). Me comentó que no había probado bocado en todo el día, ni mucho menos sus hijos; que estaba tratando de reunir algo de dinero para ir a alquilar un hotel y pasar la noche, pero que si no lo lograba iba a dormir en la acera; y que sus hijos estaban con algo de desesperación ya que deseaban limpiarse sus manos y sus piés con el agua de la lluvia, pero él conocía que esa agua no es buena para realizar el aseo”. ¡Cuánto dolor! ¡Cuánta impotencia! ¡Cuánta tristeza!

¿Cuántas veces Jesús se nos ha aparecido en esa forma? Apuesto que muchas veces. Y nosotros, ¿qué hemos hecho? Me atrevo a decir que absolutamente nada. Parto de que en ese momento, mientras estaba con aquel hermano caído y abandonado, nadie se acercó. ¡Nadie! Debo indicar que muchas personas pasaban por el lugar, unos iban, otros venían. Algunos otros llegaban o se retiraban de un par de locales de comida rápida. Pero el denominador común de ellas y ellos era el mismo: Jesús no estaba ahí.

Puede resultar un arma de doble filo comentar mi reacción. La razón está en que, con legitimidad, alguna persona podrá señalar que el fin ‘detrás de’ es la vanagloria. No obstante, y dejando en claro que nunca ha sido mi interés aquello, ni peor aún jactarme de una acción que no solo es cristiana, sino humana, considero que el bien mayor es estimular con el ejemplo:

“Ingresé a uno de los lugares de comida rápida, llevé conmigo dos fundas del Supermercado, llené las mismas con agua. Las até. Acto seguido, una de las fundas se la entregué al hombre, la otra la usé para que él procediera a lavar las manos y los pies a sus hijos, mientras yo la sostenía. Finalmente, y a más de brindarle parte de mis compras, conversamos algo sobre s situación, en aras de que conozca que no está solo, que Dios está con él, y, que sepa que habemos quienes también tenemos dificultades (en mi caso las hay, y algo complejas), pero aún así, pretendo ganarme el cielo en la tierra al practicar lo que hizo -y hace- Jesús con los discípulos de Emaús, y con todos en definitiva: amar, amar con obras, amar compartiendo el pan”.

¡El mundo sería distinto si todas y todos actuáramos como Jesús! Cada uno de nosotros somos “millonarios(as)” y ricos(as); para lo primero, con lo mucho o con lo poco que tengamos, bendito Dios, y para lo segundo, bastando con tener vida. En ambos casos, lo que nos hace más sensibles, más humanos… mejores personas, es “ponerse en los zapatos de…”, es acercarnos y mostrar sincero interés, es compartir, y no de lo que nos sobra, sino inclusive dar de lo que es para nosotros o de lo que nos puede estar faltando. El mandamiento del amor de Jesús no está en practicarlo tan solo con ir a la Iglesia los domingos. Es importante, desde luego. Pero Jesús va más allá. Él no se queda en la Eucaristía del domingo. Él nos llama a que lo veamos en las personas que la están pasando mal.

Cuidado resulte que sigamos ignorando a ese Jesús doliente que está en quienes hoy sufren, que demos preferencia a la diversión y al derroche desmedido, y que cuando estemos en el descanso eterno reprocharnos por perdernos esa experiencia divina de sentir lo que sintieron los discípulos de Emaús cuando Jesús se les desapareció: el corazón ardía al estar con Él.

Una digresión sutil, pero que guarda relación con lo que ya he comentado. Dos hechos han sucedido hace días: el asesinato de un ciudadano participante de un reality, y, el atropellamiento de un ciudadano que ha dejado una universidad como forjardora de líderes y de triunfadores. En ambos casos, todo ha sido posterior a su muerte: reconocimientos, palabras de exaltación, expresiones que destacan lo que hicieron cuando estaban entre nosotros, etcétera.

Pregunto:

¿Es de provecho hacerlas conocer ahora, cuando ya no está la persona con vida? O, mejor dicho: ¿A quién favorece? ¿Para ellas o ellos? ¿Al rating? ¿A la popularidad? ¿Al figureo?

¿Por qué esperar a que la persona deje este mundo para brindar reconocimientos o gestos de aprecio?

Estimo que lo mejor es hacerlo todo en V-I-D-A.

Recuerdo mi confesor espiritual jesuita, quien una vez me dijo: cuando la persona está muerta, lo que hagas no sirve sino para adornar una ataúd o una lápida. Es decir, te diriges a las piedras, ya que nadie te escuchará.

Cierro únicamente citando uno de los poemas de Antonio Machado: “Creí mi hogar apagado y revolví la ceniza… Me quemé la mano”.

Hoy, podemos pensar que todo está “solucionado”: que de los pobres se encargue el gobierno…; que Jesús es religión, y yo no voy a misa, porque no hago mal a “nadie” (aunque, al menos, sí se lo hace a sí mismo: en la infidelidad, en los juegos de azar, en el consumo de alcohol, drogas o sexo desenfrenado); que mientras tenga empleo y “los míos” tengan para alimentarse, un sitio para dormir (con piscina), y más de un vehículo para cada uno de los integrantes del hogar, el resto no existe… Bueno, si revolvemos la “ceniza” en las calles, encontraremos gente (no animales) como cada uno de nosotros, que están en la indigencia, que están con dolor y con sufrimiento… nos quemamos no solo la mano sino más que nada el alma, porque hay fuego y arde; pero tal vez lo “apagamos” con el opio del egoísmo, la vanidad, la avaricia, el “abarcar hasta que se rompa el saco”, la insensibilidad y la inhumanidad.

Insisto, a la luz de mi confesor espiritual de la compañía de Jesús: cuando cerremos para siempre nuestros ojos, todas las posesiones se quedan aquí. Una insensatez pretender que las mismas se vayan con nosotros. Es en ese momento que decimos: fue una estupidez cerrarnos para nosotros mismos, dándole la espalda a Jesús.

 

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