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El Telégrafo
Mónica Mancero Acosta

El costo de ser corrupto

24 de junio de 2020

La corrupción no ocurre solo entre dos partes, un ciudadano y un servidor público. Esta concepción esconde el verdadero daño que ocasiona, por ello comparto el enfoque que mira a la corrupción como un juego de tres jugadores: primero un agente; luego un cliente que soborna, entre ellos realizan un intercambio invisible e ilegal, este soborno distorsiona los incentivos en detrimento de los intereses de la principal parte afectada, la ciudadanía (Della Porta y Vanucci, 2012).

A pesar de que la corrupción ha existido desde siempre -quizás nuestra República surgió corrupta- los mecanismos de la corrupción se van transformando, adaptando y por ello se ha vuelto parte de la cultura política y social del país. Esta naturalización es uno de los factores que la retroalimentan. Afirmo que está naturalizada porque hasta el mes anterior, a pesar de que los actos de corrupción nos proporcionaban perjuicios incalculables, la corrupción no constituía una seria preocupación de la sociedad. Recién hoy salta como el principal problema, superando al propio virus.

A la academia ecuatoriana tampoco le ha importado mucho, no se investiga sobre ella, quizás hasta se comparten enfoques que consideran que la corrupción aceita el sistema burocrático y político, que sirve para redistribuir recursos, que puede ser temporal y hasta autoextinguirse. El periodismo tiene un rol crucial frente a la corrupción, pero también puede corromperse si se politiza. Gracias a periodistas que investigan han saltado los últimos y numerosos casos, todos ellos vergonzosamente vinculados a las compras por la pandemia.

Decir que la corrupción es la norma es lo que sugiere la literatura al afirmar que existen un conjunto de códigos y mecanismos que gobiernan y estabilizan los vínculos entre corruptores y corruptos. La corrupción no solo es del sistema político y de la administración pública, sino también de los privados y de relaciones de mercado, es generalizada.

En nuestro país, el costo moral de la corrupción es muy bajo mientras que el costo de ser honesto es más alto. En la medida que esto subsista, la corrupción seguirá minando nuestra sociedad. (O)

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