Secretos de las calles de Quito
Las calles tienen sus huellas. Hay formas de estudiarlas: recorrerlas para sentir qué historias cuentan, más allá de sus nombres, como la Calle del Suspiro, para hablar del Centro Histórico de Quito. Existen arterias con un pasado extraño, como la calle García Moreno, que en la colonia también era conocida como la calle de las Siete Cruces. Porque las vías tienen más que la simple nomenclatura que los historiadores reseñan. Una muy concurrida en la ciudad de los campanarios es la calle Cuenca. Aquí su historia. Por la calle de la Corte iban los chapetones: traje de capa, casaca larga hasta las rodillas, botones de doble hilera y mangas ajustadas, abiertas a los costados.
Cuando los recién llegados funcionarios de la Corona pasaban no levantaban sus sombreros, de cintas de oro y plata, con hebillas, a la espera de reverencias. Tampoco lo hicieron cuando se denominó Urcu-Virgen, que significa Virgen de la Montaña, tampoco cuando se llamó calle del Cajón de Agua, por donde iban los aguateros. La calzada, a inicios del siglo XX, se llamó La Chilena: recuerdo de una mujer que llegó del Sur, para tristeza de las beatas y alegría de quienes pagan por amor. Ahora es la calle Cuenca: memoria de sus cuatro ríos; de su gente generosa, de sus poetas y talanes. Otra calle importante es la Chimborazo. La calle parece una serpiente de casas con aleros de madera y canaletes de hojalata. A medida que se rellenaba la quebrada se levantaban las grandes paredes de adobe: unas viviendas ganaban por un balcón a las otras. Hasta mediados del siglo XX, en el sector de la Fabara, las botellas de licor competían con las enaguas provocativas de las casas del Deseo.
Por la calle Mideros -tras franquear 94 gradas- se llega a la cúspide de la Subida del Placer: la ciudad se abre en tejados y cúpulas blancas. La vía evoca a la provincia de Chimborazo: nevado portentoso, culturas coloridas y diversas y tapices de sembradíos colgados desde el páramo. Para finalizar esta entrega, la historia de la calle Venezuela: De plata fueron hechas las lunas menguantes para los pies de las vírgenes de madera. Los devotos iban a la calle de la Platería para lograr favores de sus santos a cambio de joyas. También llegaban los conquistadores ya viejos en busca de indulgencias. Estos hombres de antiguas corazas acaso querían olvidar sus sangrientas masacres contra los indígenas. Iban a las capellanías a pagar misas para toda la eternidad porque sabían que las imágenes de madera eran benévolas con los atormentados.
En la misma calzada, Antonio José de Sucre construyó su casa, con indicaciones que llegaban en cartas escritas en el fragor de las batallas de Independencia. Unas balas de la infamia lo asesinaron en Berruecos, pero nadie olvida que de Venezuela también llegó el ejército libertario de llaneros. (O)
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