Fútbol, violación y cárcel
En 1969 el mundo presenció algo que parecía arrancado del pasado. Fue una guerra –una guerrita– entre Honduras y El Salvador.
Participaron aviones chatarra de la Segunda Guerra Mundial que nunca habían vuelto a volar. Aquello fue llamado la Guerra del Fútbol.
Yo conocí a uno de sus combatientes. Pero nadie imagina por qué ese salvadoreño llamado Mateo Santacruz, que en aquel entonces tenía 27 años, tomó las armas. Alguna vez él mismo me contó la historia.
Esos 2 países centroamericanos vivían bajo la férula de castas militares, con millones de campesinos empobrecidos que trabajaban de sol a sol para los grandes terratenientes.
Pero El Salvador tenía más problemas: su territorio era apenas una quinta parte del hondureño, pero con muchos más habitantes.
Para buscar el pan, 300.000 campesinos salvadoreños habían invadido de manera lenta territorio hondureño, a lo largo de años, como peones, y algunos se habían convertido en empresarios medianos y pequeños.
Entonces apareció La Mancha Brava, que no era ninguna barra hondureña de fútbol, sino un grupo paramilitar encargado de acosar y expulsar a los salvadoreños.
Una de las víctimas fue Mateo Santacruz. Y uno de los paramilitares al que él conocía como Nepomuceno, y con el que de joven había jugado fútbol, aprovechó para violarle a su hermana.
De repente, años de trabajo, una casita y un pedazo de tierra quedaron perdidos para siempre. Pero dicen algunos que el dios de la venganza existe, y en ese momento estalló la guerra entre los dos países, y el detonante fue algún partido de fútbol clasificatorio al Mundial 70.
Santacruz se enroló como voluntario y en menos de doce horas estuvo en el pueblo de Nepomuceno, buscándolo para matarlo.
Con otros soldados y voluntarios salvadoreños, arrasaron, le dispararon a todo lo que se movía sin importar que fueran civiles inocentes. Lo que contaba era la venganza.
A los cuatro días terminó la guerra con 5.000 muertos. Mateo regresó a su país, fue condecorado, y soñaba que entre los muertos hondureños hubiera estado Nepomuceno.
Años más tarde, en el Golfo de Fonseca, en la frontera, Mateo vio cara a cara a Nepomuceno y de un solo golpe de machete le voló la cabeza.
Apresado, y acusado de crimen con agravantes porque lo hizo a sangre fría, sin provocación alguna, con la víctima desarmada, Mateo fue condenado a 20 años de cárcel y salió tan viejo que parecía que hubieran pasado 60.
“Me condecoraron por matar a decenas de civiles inocentes, y me condenaron por matar a un culpable”, me dijo Mateo Santacruz. Así resumió su vida.
En ajedrez, como en la historia de Santacruz, también hay que saber matar a tiempo. (O)
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