“Cuando ella llegue, saca el rencor de tus pulmones. No cierres tus ojos, con ella no habrá nada de lo que debas avergonzarte.
Deja caer las máscaras de la vida, los sonetos incompletos, evita el llanto piadoso. No supliques por una cuando tu tiempo con otra ha comenzado. No te marchitarás más bajo su cuidado, no te secarás más entre sus brazos.
No temas.
Ella siempre justa- ella -siempre puntual- acariciará con vehemencia tus párpados hinchados, tus pómulos resecos, tu cuello delgado.
Ella -siempre amable- ella -siempre dulce- besará con ternura tus labios cansados, tus manos frágiles, tu pecho convulsionado cientos de veces a causa de tu autodestrucción.
Tu sangre se evaporará mientras partes y ya no habrá más dolor ni pena, solo el sueño eterno que precede a la madre nada. Y tus recuerdos se evaporarán mientras partes y ya no habrá más ¿por qués? ni más hubiera, solo el silencio que precede al canto que te convertirá en melodía. Serás un canto de guerra resonando entre los truenos cada tormenta, la luz que se filtra en el océano cada tempestad.
Cuando ella llegue, deja que la vida se escape dulcemente entre tus manos.
Danza -desolación, disolución, tu reflejo arropado por el espejo negro, una última sonrisa a la idea del infierno a la idea del cielo; después y a su lado solo la belleza inmaculada que jamás será atrapada por la turbia mano humana”.
Paola Klug
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