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El Telégrafo
Mónica Mancero Acosta

La escalera de Bramante

11 de diciembre de 2019

Para las vacaciones de verano elegí la novela La escalera de Bramante, de Leonardo Valencia. La llevé conmigo a Barcelona y más allá; confiaba en tener una lectura contextualizada y que la terminaría en el viaje, pero debí terminarla acá.

Tenía curiosidad del título, pues nada lo anunciaba; finalmente lo hallé más allá de la página 500. Apenas la terminé fui a la plaza San Francisco para, conscientemente, subir y bajar esta escalera y poder reproducir las sensaciones que relata el autor. Cuántas veces hemos transitado esas escaleras, pero no hemos reparado en ella, quizás porque de un lado nos ha deslumbrado la plaza, el mundo de los hombres, y de otro, la iglesia, el mundo de Dios. Dice Valencia: “La escalera, de bajada, hace que te detengas, que ocurra una nueva metamorfosis (…) es una zona de transición, (…) en realidad no vivimos en un solo mundo, ni siquiera en los dos mundos, sino también en esas zonas de transición, en ese vacío de frontera (…)”.

La novela abunda en historias y relatos, se desliza cómodamente entre ámbitos como el arte, la política, la historia, la condición humana. Hace gala de una erudición y agudeza envidiables. Se desplaza no solo entre varias ciudades sino entre distintas voces narrativas. Novela cosmopolita, sin complejos, en la cual lo ecuatoriano está sin ser el ombligo del mundo, tampoco la última rueda del coche. Cuando la novela evoca al grupo AVC, lo hace desde una perspectiva mediatizada a través de otro, el hermano, quien termina juzgándolo; el personaje subversivo es un enigma, no se penetra en su humanidad. Por otro lado, la derrota de Álvaro es la derrota de todo artista e intelectual, es la única vía posible para ser consecuentes. Aunque al final hay un guiño de ojo tardío que le hace el autor a la vida.

En una excelente descripción de la ecuatorianidad, nos dice Valencia: “Nuestro país es tan chiquito y tiene tanta variedad de cuyes que resulta difícil encontrar el cuy esencial que nos identifique. Puros cuyes regionales (…) somos cuyes solemnes, solemnísimos”. Pero previamente sentenció despiadado y sin concesiones: “Peor que las ratas viejas, mijo, más mañosas, más perversas, y jodidamente hipócritas”; este retrato parece calzarnos bien, sobre todo ahora. (O)

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