El asalto garantizado
Rubén Montoya Vega
Director
Once años después de que se consumara la Gran Estafa desaparece (Tema del Día) un monumento al descaro: la Agencia de Garantía de Depósitos (AGD). Está bien, separemos aguas: sin ella decenas de miles de depositantes no habrían recibido parte de sus ahorros, que los rateros de cuello y corbata y apellidos pelucones usaron como botín. Y ha de reconocerse que varias, pocas administraciones, intentaron poner orden en el planeado desbarajuste que dejaron los filibusteros: activos inservibles o sobrevalorados, cuentas chuecas y laberínticas, ladronzuelos a sueldo que, in situ, les cuidaban las espaldas a los comecheques de la burguesía nacional. Pero lo que nunca dijeron los banksters y sus médiums es que bajo la fachada de la garantía social se escondía la abyecta tapadera: el Estado, ahí sí de todos, corría en auxilio de los asaltantes y sus malos manejos, raterías e incompetencias.
¿Cuántos ‘geniecillos’ de las finanzas quebraron sus guaridas, perdón, empresas financieras, sabiendo que el Estado, ahí sí una maravilla, correría presto en su ayuda? ¿En qué quedaron, oh administradores temporales que duraron lustros en sus puestos, las auditorías penales que se hicieron para señalar a los presuntos alcapones de la bancorrupta nacional?
Que nadie derrame una lágrima: la Gran Estafa necesitó de un andamiaje legal para que, en el paisito de la partidocracia y el “todo vale”, quedara impune. Y parte de él fue la creación del frankenstein agencioso. Que nadie le dedique una misa: la AGD es la cicatriz de una época maldita, esa sí una noche larga, como larga sigue siendo la impunidad de los asaltantes... Se imprime.
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