Esa es la relación que plantea, Eric Toussaint, en un reciente artículo. ¿Cuál es la relación entre un gobierno, que se autodefine de izquierda, el ejercicio de la administración pública y sus relaciones/vínculos con el pueblo? La fricción entre esos dos momentos es clara cuando “los movimientos de izquierda pueden llegar al gobierno, sin embargo, no consiguen el poder”, afirma Toussaint. Esa problemática se manifiesta en los gobiernos de Correa, Chávez, Evo, Lula, etc.
No porque los movimientos sociales lleguen a gobernar ya ejercen el poder.
El problema de fondo radica en que una cosa es la administración de lo estatal y otra el ejercicio del poder político. Para un ejercicio de este poder es requerimiento tener poder económico. Y en ese punto las bases sociales de los movimientos se enfrentan a una debilidad estructural, pues el poder económico “está en manos de la clase capitalista”. Y esta clase, si no toda, su mayoría mira con malos ojos cualquier proyecto de corte progresista, sea de las llamadas “buenas o malas” izquierdas, como las califica Jorge Castañeda. Esta clase es reactiva cuando una izquierda radical o “populista”, como la denominan otros, pretende disputarle/abrir/romper el monopolio-oligopolio del control y beneficios del poder económico. La gama económica de esta clase se sitúa en los sectores estratégicos de las finanzas, el comercio, la industria, la banca, los medios, etc. Además, le es vital el control, sea como clase, casta o estamento, de las funciones del Estado: Función Judicial, Función Legislativa. O instituciones como el Banco Central, ministerios, etc. De tal manera que cuando un gobierno de izquierda, entiéndase movimientos sociales de base, toma el mando del gobierno, entra a disputar, y debe y deberá hacerlo, constitucionalmente los órganos del Estado. De ahí lo vital de una nueva Constitución, para romper con la lógica del neoliberalismo. Sin embargo, toma tiempo el disputar, en términos reales, los medios de producción. “Venezuela, que es el país donde los cambios están más avanzados, sigue siendo claramente un país capitalista”, dice Toussaint. Queda claro que las revoluciones nunca se las hace por decreto, ni con funcionarios camaleónicos que usufructúan, no siempre económicamente, sin importar el gobierno que sea, del poder.
Los movimientos deben, progresivamente, incrementar su poder político, desde el gobierno y fuera de él, de tal manera que se emprendan las transformaciones estructurales de la sociedad. Ya la democratización de los medios de la producción que consagra la Constitución es la vía legítima y legal, sin excluir otras, para la inflexión social por parte del pueblo. “Este debe reforzar su nivel de autoorganización y construir desde la base estructuras de poder popular”. No es la idea centrar el poder en el Estado o en un nuevo Estado. Así no existe transformación. Paulatinamente, los movimientos y los gobiernos de izquierdas deben transferir las formas del poder estatal al poder popular o como se llame. Entonces, es vital y urgente una alianza ideológica entre el movimiento indígena-afro y los verdes ciudadanos.