Tomada de la edición impresa del 29 de mayo del 2008

El bello y las bestias (Rosana en las alturas)

Santiago Roldós B.

sroldos@telegrafo.com.ec


Así podría titularse el cuento de realismo mágico sobre la fascinación que provoca en el Salón de la Justicia (formalmente conocido como el noticiero de Carlos Vera) la tríada formada por Diana Acosta, Rosana Queirolo y Cristina Reyes. Flaco favor del connotado periodista a su dilatada carrera al designar  como una de las mejores asambleístas a una que, literalmente, no ha aportado NADA en las discusiones de su propia mesa, y que sólo prende su máquina cuando, en el pleno, se encienden las cámaras de la telecracia.

El cuento del gallo pelón. A la consagración de la alharaca en el lugar de la dialéctica le siguen una pregunta y un descubrimiento. Porque mientras Rosana Queirolo continúa siendo un misterio en las listas de la revolución ciudadana (¿qué necesidad, OBJETIVA y MATERIAL, había de meter en la aplanadora electoral a la ex presentadora del esperpento de Miami “Decisiones”?), la inclusión de Diana Acosta quedó clara cuando nos enteramos de sus relaciones político familiares con uno de los grandes mineros de este país.

“... al designar como mejor asambleísta a una que, literalmente, no ha  aportado NADA en las discusiones...”


Hasta ese día había resultado insultante poner a la comentarista de la conservadora y reaccionaria “Lo que callamos las mujeres” por encima de defensoras de los derechos civiles como Gina Godoy. Parecía increíble que nadie advirtiera en Alianza País las contradicciones flagrantes de la ética/estética de los programas amarillistas de Rolando Panchana (socio intelectual de Acosta en la defensa de la explotación minera sin límites) contra los principios éticos/estéticos del socialismo y la democracia (que como bien nos han recordado Los Encuentros del Otro Cine, son casi lo contrario del spot marimbero imperante). Pero para fortuna de los socialistas orgánicos del siglo XXI, antes que un traspié ideológico, se había tratado de la añeja práctica de pagar con curules los aportes generosos de campaña, así como de dejar metida una cuña (perdón: una nuera) en defensa de unos intereses materiales muy concretos.

Algunos compañeros de Alianza País prefieren, en lugar de la realidad, contarse cachos. Dicen que para tercera en la lista nacional Correa quería a Marena Briones, pero al no recordar su nombre preguntó: “¿Cómo es que se llama esa mujer guayaquileña, madura, interesante y de nombre raro que escribe en el periódico?”, y un acelerado contestó: “¿Aminta Buenaño?”. “¡Esa! Bueno, creo que sí”, asumió el despistado. Una broma (cualquier parecido con la realidad no sería un accidente, sino una tragedia nacional) que intenta tapiñar un descontento estructural en la “ahora-resulta-que desprestigiada-Asamblea-por-culpa-de-la-democracia”. Qué curioso, por decirlo suave, que en este proceso de cambio se desgasten figuras como Alberto Acosta y Javier Ponce, y no la derecha, representada por Vinicio Alvarado y Alexis Mera. Una coherencia entre la defensa del imperio del pensamiento religioso sobre nuestras vidas y la promoción y protección al derecho al billete tan indudable como elocuente. Rosana en las alturas, bendito es el que viene en nombre del etcétera.

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