Domingo, 11 Agosto 2013 00:00 Sociedad

Los gatos y su hogar

La vivienda del escritor Carlos Monsiváis  en México DF era un conocido hogar felino, pero acá en Guayaquil  hay un lugar similar donde se escuchan maullidos   por un lado y otro.

Así como “Mito Genial”, “Recóndita Armonía”, “Fobia”,  otros 26 gatos se paseaban por la casa del  literato fallecido en  2010; “Gala”, “Joan Jett”, “Gandalf” y más de 20 félidos  desfilan  de la sala a la cocina, del mueble al regazo y de allí hacia  a la ventana del hogar de Olga Cedeño, socia fundadora de La Casa de los Gatos, junto con María Fernandez.

Las historias sobre “Monsi” hablan de pelo de gato por todas partes, olor amoniacal, muebles arañados y una gran devoción para llevar adelante  su causa a favor de estos mamíferos domésticos.

La escena no difiere tanto de la que hay en la casa de Olga, quien inició  este proyecto personal hace 4 años. “Julio”, su primer gato, fue el punto de partida. 

“Pensaba en que él tenía todo el cariño y un hogar, mientras otros no tienen nada. Tener un gato te hace mirar hacia abajo, verlo todo desde otro ángulo. Te cambia”, dice Olga.  

Por eso, de uno en uno, Olga y su amiga los fueron recogiendo para intentar buscarles casa,  a manera de adopción responsable, por medio de la entrega de formularios y seguimiento de los nuevos dueños y de su convivencia con el animal.

A veces hallados en vulcanizadoras,  en la calle,  por intermedio de amigos y fundaciones, los animalitos  iban llegando: enfermos, sanos, gatas preñadas o pequeños mininos.

Los recibían con amor,  pero al momento el albergue está sobrepoblado y han debido detenerse hasta que evacuen cierta cantidad de gatos por medio de la adopción.

Olga dice que, aunque  las redes sociales las  han ayudado en la difusión y a despertar el  interés de las personas, en todos estos años han logrado colocar apenas un total de 12 gatitos. Manifiesta que en la ciudad se trata al gato como si fuera un peluche, un obsequio.

“Los filtros y el cuidado que tenemos para entregar a los gatos son exigentes y eso causa que  a veces las personas se desanimen”.

Pero más allá de las adopciones, el problema -explica- es la financiación, los recursos y la infraestructura. La casa, ubicada en el norte de la ciudad,  no cuenta con el suficiente espacio para acoger más animales. Las chicas mantienen el albergue casi en su totalidad con sus propios recursos que destinan para los gastos veterinarios y alimentación. “Nos sostenemos con donaciones.

No pedimos efectivo, más bien comida, arena, medicamentos y otros insumos que necesitamos para mantener a los gatitos”.

Para ellas,  no solo se trata de brindarles cuidados, el asunto es   tratar de entenderlos y  conocerlos. Cada uno -afirman- tiene su personalidad marcada. “Lily”, por ejemplo- es la enojona, la gata gris del zarpazo inesperado.

“Todos entienden por su nombre, por eso les pedimos a sus dueños que no se los cambien cuando  se los llevan de acá”, indica María.

Olga y María tienen sus “códigos”  para comunicarse con ellos: los saludan cerrando y abriendo los ojos, a lo que todos responden con un coletazo cariñoso.

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