La reconstrucción es pausada en la zona cero

- 14 de enero de 2018 - 00:00
En el fondo de un hueco de 10 metros de diámetro por dos metros de profundidad es visible cómo rezuma el agua; los técnicos denominan a aquello nivel freático. La zona cero de la parroquia Tarqui en Manta es visitada a diario por turistas.
Fotos: Rodolfo Párraga / et

Las obras después del terremoto de hace 21 meses en la parroquia Tarqui, del cantón Manta, en Manabí, avanzan despacio. Los vecinos del lugar consideran que cuando lleguen las lluvias empezará la verdadera fiscalización para verificar si los trabajos están bien realizados. En la actualidad los moradores se quejan del retraso en los proyectos, del polvo y, sobre todo, del ruido.

A casi dos años  del terremoto de 7.8 grados en la escala de Richter que causó muerte, destrucción y miedo en Manabí y Esmeraldas, la gente aún espera por la consecución de obras en las zonas del desastre. En Manta, donde fallecieron 219 personas, el mayor porcentaje de los daños se concentró en la parroquia Tarqui, denominada después del sismo como la zona cero. Los trabajos de reconstrucción que se desarrollan en Tarqui están a cargo del Gobierno. La otrora zona comercial de Manta luce casi todo el día desolada. 

La tristeza es constante entre los pocos habitantes y el ruido de las máquinas que laboran en la reconstrucción rompe el silencio, además los trabajos son lentos y pausados. En avenida 108 y 109 están los  obreros que trabajan en  el  soterramiento de cables y acarreo de materiales. En ese sector quienes van al paso comentan sobre las obras que se desarrollan.

El vecino César Barcia usa su voz para dar información pura y dura: “Bienvenidos a la sucursal de la Luna”. De las emociones se encargan las manos y puntualiza que “no  hay calle que no tenga hueco”, y eso molesta a todos los habitantes de la zona. 

Con la mano derecha apunta hacia un hoyo de más de 10 metros de largo y dos de profundidad en plena avenida 108 y 106, y afirma que tiene 8 días abierto; ahí se observa el nivel freático (agua que rezuma del interior de la tierra).  “Da pena ver a Tarqui”, este no es el Tarqui en el que crecí, afirma. En la esquina de la avenida 107, Gladys Cedeño detuvo su marcha, mira muchos  terrenos baldíos con letreros  ‘se vende’, levanta su cabeza y se da cuenta de que un hotel que estuvo en reconstrucción ha parado los trabajos. Dos metros más adelante se observa  una casa cuyas ventanas y puertas han sido selladas con ladrillo ante el auge delincuencial que se dispara sobre todo en las madrugadas. “Tarqui no avanza,  ha pasado 1 año y 9 meses desde el terremoto”, afirma Cedeño. Cristóbal Castro, oriundo de Jipijapa, vende sánduches desde hace 20 años. Después del sismo,  de los 3.000 negocios que habían en la zona apenas han regresado 54, comenta.

Eduardo Benavides integra la veeduría de Tarqui. Ha recorrido 72 veces la zona junto a autoridades y delegados internacionales, “las obras que se ejecutan no terminan. Nos dieron una fecha, dijeron que el soterramiento terminaría a fines de diciembre (2017) y nada”. El hotelero Plutarco Bowen asegura que hay poca afluencia de turistas a Tarqui a causa de los trabajos de reconstrucción.

Tarqui bajó la plusvalía

Después de la catástrofe en la zona cero, el costo de la tierra bajó y por consiguiente el de las propiedades.

Para el alcalde Jorge Zambrano es lógico que una zona que se quedó sin servicios básicos a causa de un sismo devastador se vea afectada en la reducción de la plusvalía.

Hasta que se realicen los trabajos de construcción de los sistemas de agua potable, alcantarillado sanitario, soterramiento de cables, arreglos de calles y regeneración urbana, donde se han invertido $ 19 millones, el valor de la tierra seguirá bajo. La recuperación se podrá observar en unos 5 años, dice el burgomaestre, pero entre los habitantes de la ciudad quedó una suerte de sicosis. Muchos saben que vivir en Tarqui es vivir en una zona de riesgo por el alto nivel freático.

$ 100 millones del Banco Mundial

Con los recursos que fueron otorgados a través de un crédito del Banco Mundial (BM) el Municipio de Manta  ha realizado trabajos de regeneración urbana. Hasta el momento, según Zambrano, se ha contratado la totalidad del crédito, pero se lleva ejecutado un 35% y se sigue trabajando, afirma. De ese préstamo hay  $ 10 millones separados para la regeneración de Tarqui.

Planes habitacionales

Hasta la fecha, según el alcalde  Zambrano,  se han entregado después del terremoto 450 viviendas. Están ubicadas en el plan ‘Mi Primer Lote’, una iniciativa municipal. “Había la tierra y luego  del sismo con recursos de la Ley Solidaria se construyeron las viviendas”, afirmó. Con el Gobierno actual dentro del plan ‘Casa para todos’ en Manta surgió el asentamiento poblacional ‘Ceibo renacer’. Ubicado en el noreste de la ciudad, es impulsado por el presidente Lenín Moreno y beneficia a 175 familias, afirma Zambrano.

Son casas de 36 metros cuadrados, de estructura metálica, cubiertas de duratecho y la inversión sería de $7.385.063.

Zambrano reseña que después del terremoto se solicitaron desde Manta $ 80 millones para obras básicas, pero les aprobaron $ 25 millones y el resto aún está en trámite. La empresa privada se hizo presente con la donación de 100 casas, iniciativa del grupo DK Management.

La Uleam necesita $ 56,4  millones

El campus principal de la Universidad Laica Eloy Alfaro de Manabí (Uleam), con sede en Manta, quedó seriamente afectado por el sismo.

Fueron derribados 9 edificios de los 10 que sufrieron daños y queda uno aún por demoler, según datos de técnicos del centro de estudios superiores. Para recuperar la infraestructura se necesitan $ 56,4 millones. Han recibido $ $ 6 millones  en 2016 y un millón en 2017. Con esos recursos se mejoraron 30 edificaciones y 206 aulas.

Con el desastre causado por el terremoto la Uleam tuvo que afrontar un proceso de acreditación.

Lucía Fernández: “Es hora de las cuentas claras” 

La presidenta de la Cámara de Comercio de Manta expone que es hora de las cuentas claras en torno al tema de la reconstrucción. Nos aproximamos a recordar dos años del fatídico día cuando la tierra tembló. No hay dudas de que nuestras vidas cambiaron radicalmente desde ese instante; al minuto inmediato empezamos los manabitas a luchar contra la adversidad; habíamos puesto los muertos, habíamos contribuido con nuestros bienes más preciados a esta catástrofe. Pero no tuvimos tiempo para pensar en desmayar, en rendirnos, mucho menos  quebrantar nuestra fe en Dios y el futuro.

Desde el Comité Interinstitucional de Manta nos pusimos al frente de varios segmentos sociales y económicos.

Como iniciativas privadas tratamos de palear el espacio que dejó la ausencia efectiva de las autoridades.

Debido a la necesidad de salir adelante,  trabajamos para ayudar a los  comerciantes  desesperados, gente con hambre y sed. Desde todo foro posible tratamos de ayudar a reconstruir la esencia mantense y manabita. Esto incomodó a mucha gente que vio en la tragedia humana manabita una oportunidad de llenarse los bolsillos y otros de tener recursos frescos para continuar un proyecto político.

Fue entonces que se creó la ‘Ley Solidaria’ para financiar la reconstrucción de las provincias afectadas por el terremoto, y con ello el  comité constituido en su mayoría por personas cuya reputación ya estaba en observación colectiva. Allí no hubo oportunidad para gente desinteresada. Gran parte de lo recaudado por la Ley fue utilizado para construir o reconstruir infraestructura pública nueva que no había sido asegurada como lo establece la normativa nacional, por ejemplo,  Unidades del Milenio, UVC, UPC, edificios públicos, etc.

Se planteó al  Gobierno de ese entonces la necesidad de que los fondos recaudados por el amparo de la Ley y que debían ser para fines específicos fueran administrados por un fideicomiso, pues era claro que no confiábamos en el manejo de los recursos.

El tiempo nos dio la razón. Por la Ley, donaciones nacionales e internacionales se recaudaron varios  miles de millones de dólares. El resultado está a la vista, los recursos no fueron bien manejados; no se ha actuado eficientemente, lo peor es que los verdaderos damnificados y/o perjudicados del terremoto no han sido atendidos como se debe.

La plata está en obras suntuarias cuyos costos están en entredicho; claro está, mientras esto sucedía la gran mayoría de nuestros representantes por temor, conveniencia o cualquier circunstancia, guardaron mucho silencio.  Manta necesita de un aeropuerto digno de ser llamado internacional, no el vergonzoso galpón que tenemos, y Portoviejo requiere culminar su Hospital de Especialidades, iniciado desde hace aproximadamente una década y cuyas obras todavía se espera que culminen. (I)

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