Viernes, 21 Abril 2017 00:00 Columnistas

Otro New Deal

Ilitch Verduga Vélez

Mandatarios y analistas internacionales evalúan las últimas acciones de EE.UU. en Siria, Afganistán, Corea del Norte como evocaciones de la Guerra Fría, mostrando, unos, inconformidad frente a agresiones en contra de pueblos y otros considerando necesaria la intervención. El tercer mundo, satanizado en aras del dominio neocolonial, que se debate entre la migración, la resistencia y la muerte, continúa perplejo.

Lo sucedido en Irak, Libia, repúblicas invadidas, ocupadas militarmente, convertidas en Estados fallidos, con millones de víctimas, saqueadas sus riquezas naturales, sus tesoros culturales, a partir de una falacia -demostrada como tal-, son precedentes funestos. En Irak, Afganistán, Libia, Siria, Yemen, sometidos desde hace lustros a conflictos injustos, impuestos desde centros del poder mundial, por el pecado de ser poseedores de recursos petroleros, gasíferos, existen realidades genocidas indudables. Asimismo, alarmados de lo que será el nuevo trato estadounidense para el orbe -dadas claras advertencias-, aguardan naciones, continentes, México, China, Norcorea, la UE. ‘Tanques pensantes’, diseminados en grandes medios, esgrimen mentiras extrapolando la actual situación con apologías agresivas, sintetizando sofismas: “Las crisis económicas de EE.UU. y del mundo, en el decenio de los años 30, son similares a la problemática actual”. Lo que es de falsedad total. Las medidas exitosas que salvaron la gran nación del norte en la depresión de esa década solventaron las catástrofes económicas con soluciones humanistas.

Las consecuencias del crac financiero de la bolsa de Nueva York no tienen comparación con la situación actual, solo evidencia desconocimiento histórico. Secuelas parecidas, merecedoras de prioridad guerrerista, ayer, justificaron aventuras bélicas: Corea, Vietnam. Tales predicamentos -antes y ahora- constituyen embustes, mas el sistema capitalista es constructor despiadado de lucro, aprovechando cualquier ámbito. Las soluciones de aquellos tiempos, conducidas por el genio político de Franklin Roosevelt, son irrepetibles. Parte de la gestión gubernativa de 1932-1944 estuvo inmersa en la desolación bélica para Norteamérica, para el planeta. El auge del nazifascismo, su terrible secuela, la segunda conflagración mundial, aunque tuvo raíces en esa debacle financiera, sus resultados fueron absolutamente distintos a la coyuntura presente. Con el ascenso del presidente Trump pareciera que se intentará reeditar fantasmas del pasado.

El gran Roosevelt, en las angustias norteamericanas, estableció los lineamientos del New Deal, como teoría-práctica, para su renacimiento frente a gravísimos eventos de desequilibrio socioeconómico que los corroía, cuando el desempleo bordeaba el 25% y el producto interno bruto había caído a la mitad, desarrolló un programa bajo principios del economista Keynes, consistente en  invertir los recursos del país; en construcción de grandes infraestructuras. Empresas nuevas proporcionaron trabajo a millones de cesantes, logrando que la población sumida en desasosiego se convirtiera en optimista. Marcó épocas -que algunos borraron-, solventó una etapa donde los intereses de los ricos no estaban sobre los pobres. Los hombres de Harvard sustituyeron a oscuros mercaderes, sedientos de caudales.

El New Deal fue una estrategia de desarrollo que posibilitó no solo la recuperación de EE.UU., también fue el ensayo para su rol de gran potencia global, liquidando aislacionismos, convirtiéndose en actor decisivo del oeste judío-cristiano. En 1945 emergió de árbitro económico, militar universal. Ahora, este nuevo trato aparece como manifestación provocadora de perfeccionar la influencia del complejo militar industrial como generador de dinero, pero también de belicismo, racismo e intemperancia. (O)

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