Ciudad del río grande y del estero

- 27 de julio de 2017 - 00:00

Guayaquil es una ciudad mágica, donde se unen muchas cosas. Aquí las dulces aguas que bajan de las montañas de la Sierra se unen con las salobres del mar, mientras las últimas elevaciones de los Andes se acuestan mansamente en la llanura tropical. Pero en esta ciudad de bello nombre indígena convergen también diversas hablas y culturas. Un afamado filólogo ha dicho que Guayaquil es la frontera sur del Caribe. Y podemos agregar que es, paralelamente, la frontera occidental del quichua y de otras hablas nativas, que están presentes en la ciudad, y también la frontera norte del habla chileno-peruana.

“Hola, mi pana”, me dice el amigo con quien saludo, y mi primo me da la bienvenida con un abrazo y un “Hola, ñañito”, sin saber mi pana ni mi ñaño que esas bellas palabras que usan son dos formas de decir hermano, procedentes del quichua ecuatoriano. A su vez, cuando pregunto en la Bahía por el valor de una mercancía me responden “una gamba” o “una luca”, usando dos usuales chilenismos, aunque para irse de fiesta se dice “me voy de vacilón”, como en el Caribe, y para calificar algo excelente o agradable se dice “chévere”, usando un africanismo venido de Cuba.

Por aquí nos llegan a los ecuatorianos las voces próximas y lejanas, pero igualmente las modas y mercancías. Por aquí llegaron también los inmigrantes europeos, asiáticos o americanos que venían huyendo de guerras o de hambrunas, o simplemente en busca de un lugar acogedor para vivir. Entre ellos llegó un niño libanés que luego enriqueció nuestra cultura musical: Nicasio Safadi. Y se enraizó tanto en la ciudad que decidió escribirle una canción de amor y gratitud, a la que otro inmigrante, el poeta orense Lauro Dávila, le puso título y letra: ‘Guayaquil de mis amores’.

A ella han llegado también muchos ecuatorianos que buscaban un sitio amable donde plantar su vida y sus afanes. Entre ellos emigraron a esta ciudad mis tíos Sánchez y también algunos de mis Núñez, que aquí encontraron amor y fortuna.

Guayaquil ha sido también afamada ciudad cultural y universitaria. Ella acunó a nuestros poetas mayores del siglo diecinueve: Olmedo y Llona, así como a vigorosas y sucesivas corrientes literarias y artísticas del siglo veinte, que han dado lustre al país. Sus periódicos fueron los primeros en circular por todo Ecuador y ello contribuyó a la cultura nacional, pues sus memorables suplementos literarios dieron a conocer las nuevas expresiones del espíritu nacional.

También yo viví aquí por un tiempo, aunque luego las determinaciones de la vida me llevaron por otros rumbos. Al fin, me casé con una guayaquileña y vuelvo a esta ciudad cada vez que puedo para gozar de su calor ambiental y humano, para regodearme de su paisaje y de su gastronomía, para ver a mis gentes. Y es que esta ciudad abierta y cosmopolita es tuya y mía, amigo lector, y es nuestra de todos, comenzando por los porteños y los ecuatorianos y continuando con los inmigrantes y los turistas.

Todas estas reflexiones están inspiradas por la nueva edición de mi libro Guayaquil, una ciudad colonial del trópico, que vuelve a publicarse 18 años después y que será presentado esta tarde en el Archivo Histórico del Guayas. Recoge los textos originales y también algunos textos nuevos, escritos para esta segunda edición. Por ello, expreso mi gratitud a todos quienes se han interesado en esta nueva edición, en especial a la directora y al equipo de colaboradores de esa entidad. (O)

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