Lunes, 01 Junio 2015 00:00 Cartón Piedra

Cine

El panóptico ciego o la ciudad pirata

Fotograma de la película El panóptico ciego. Plano picado del ex-Penal García Moreno.
Fotograma de la película El panóptico ciego. Plano picado del ex-Penal García Moreno.

Cine

Ana Cristina Franco Varea. Cineasta y escritora

La ciudad siempre es dos ciudades. Una, la que vemos todos los días, otra, la ciudad que nadie quiere ver. La ciudad de los monstruos. La  ciudad que tiene puerta de entrada, pero no de salida. La ciudad que más que una urbe es una ‘subciudad’, una sombra de la primera, el negativo.

Una ciudad pirata.

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El Penal García Moreno se construyó en 1875, en el Gobierno del mandatario conservador. 139 años después, en 2014, bajo el régimen del actual presidente, Rafael Correa, los presos fueron trasladados a otra cárcel. En las instalaciones del penal quedaron todas, o casi todas, las cosas de los presos, quienes tuvieron la orden de salir sin ninguna de sus pertenencias. El cineasta Mateo Herrera y un grupo de investigadores profesionales (Boris Idrovo, Jorge Núñez, Lorena Cisneros) tuvieron la misión de hacer un registro visual del lugar para el Ministerio de Justicia. Sin embargo, cuando descubrieron que en la cúpula de la cárcel yacía el Archivo con 139 años de historia ecuatoriana, entendieron que su trabajo no podía limitarse al registro, sino que merecía una investigación más profunda. Es así como nació la película documental llamada El panóptico ciego.

“A veces los temas le llaman a uno”, dice Mateo Herrera, pues no fue la primera vez que  documentó, de alguna forma, el penal. Ya en 2005 hizo una primera película de la cárcel llamada El comité, junto al antropólogo Jorge Núñez. 9 años después, cuando el Ministerio de Justicia le contrató, Mateo buscó a Jorge, quien coincidencialmente se encontraba en el país, pues hace varios años  se había radicado en Barcelona. Fue así como la dupla director-investigador se reunió de nuevo para regresar a la cárcel, esta vez, vacía.

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Después de 139 años de historia, el penal vacío no estaba vacío. Apenas los presos se fueron casi en una suerte de ‘abducción’, todo lo que dejaron se convirtió en huella.  Sus paredes escritas, dibujadas, manchadas; y las cosas: billeteras, cremas, afiches, medias; cada objeto, al ser abandonado, dejó de ser ordinario para volverse mágico, marcado por una presencia-ausencia deslumbrante. La cárcel vacía recuerda a una enorme nave abandonada, llena de fantasmas. Mateo Herrera se propuso registrar la historia del penal a través de ese vacío, sin entrevistas ni testimonios de los reos ni de sus familiares. Quiso hablar del penal a partir de la ausencia: las paredes, las cosas, la huella… y el archivo.

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Uno de los puntos más fuertes del filme es su planteamiento filosófico. El documental propone una tesis fascinante, arriesgada y brillante: los presos crearon una forma de resistencia ante el sistema dominante al descalificar al modelo panóptico. La película  muestra cómo la idea europea del panóptico, fracasó en el Ecuador.

En el siglo XVIII, el filósofo utilitarista Jeremy Bentham creó el panóptico, un tipo de arquitectura carcelaria donde el vigilante es ubicado en el centro, en un punto estratégico desde el cual obtiene un espectro visual casi objetivo, así, los vigilados no saben si son o no observados. Pero más allá de la construcción arquitectónica, el panóptico es una metáfora de la relación de poder: los subyugados son relegados frente a un centro dominante. “La cárcel, la fábrica, el psiquiátrico, la escuela, son elementos de la sociedad panóptica”, dijo el filósofo francés Michel Foucault.

Este modelo arquitectónico da cuenta de la modernidad y la ilustración europea que García Moreno buscaba inculcar en la sociedad ecuatoriana. Si Walter Benjamín decía que “cada sociedad sueña con su futuro”, se podría decir que el penal era el sueño (o la pesadilla) futurista de García Moreno. Pero su plan no funcionó. El panóptico no era una estructura hecha para funcionar en la cultura andina. Literalmente: en el ex-Penal García Moreno, el punto de vigilancia fue desterrado, y la torre, en vez de funcionar como lugar estratégico de poder, sirvió solamente de bodega. El sitio que en Europa simboliza el poder, en Ecuador se convirtió en el lugar de la basura, de los cacharros, del olvido.  Los presos castraron la torre del vigilante. Cegaron al panóptico.  Negaron el modelo dominante. Burlaron al poder.

 Una vez cegado el ‘gran ojo’, queda el caos… Y es aquí cuando el documental compara al penal con un “barco de locos”, aludiendo a la tradición medieval de deshacerse de los dementes y de los presos encerrándolos en un barco que, después de ser desterrado de varias ciudades, terminaba navegando a la deriva, sin tierra ni patria, sin centro, sin vigilante. Esta imagen se siente en la cámara de Simón Brauer, encargado de la fotografía del filme, que parece estar en altamar debido a un constante movimiento similar al provocado por las olas. 

 “Queríamos hacer una película de ciencia ficción”, dicen Jorge y Mateo, cada uno por su lado. En cuanto a la investigación y al guion, se basó en una novela de ciencia ficción de China Miéville llamada Scar, que quiere decir ‘cicatriz’: el argumento trata de un grupo de gente que roba barcos y los pone uno junto a otro, hasta construir una ciudad llamada Armada, en la que habitan vampiros, seres  desadaptados,  siniestros.  Armada es una ciudad pirata, hecha de cosas robadas o ingresadas ilegalmente, como en el penal. Una ciudad sin tierra donde viven los que ya no tienen lugar. Y en palabras de Jorge: “Una ciudad hecha en silencio, sin que el poder se dé cuenta”. Ciego el panóptico, como resultado del fracaso de un sueño de modernidad, queda una ciudad-barco-pirata que navega en un tiempo andino. Una ciudad que fue construida para parecerse al infierno, pero que resultó un infierno bastante desorganizado, que en lugar del régimen del castigo  impecable y severo tenía un sistema de refile, que permitía a los presos negociar en secreto con los guardias, la gente de fuera y los otros reos.

Mateo Herrera se propuso captar la atmósfera siniestra del penal vacío que a sus ojos se parecía a los paisajes de Julio Verne. Ese sueño de la modernidad, ese aire de irrealidad, de alucinación futurista, se traduce en el lenguaje cinematográfico: la cámara en movimiento disonante, la voz en off del narrador que no para, el diseño sonoro (hecho por Juan José Luzuriaga), y sobre todo la música extraña, espacial, compuesta por el propio Mateo Herrera, conforman una atmósfera siniestra que remite a aquello que ya no está, a lo intangible. El resultado es una película que a pesar de estar cargada de verdad, realidad e historia, recuerda a la ciencia ficción.

Sucede que a veces, la realidad resulta más increíble que la ficción. Y esta película no solo representa la realidad, sino que la recrea, la captura y la destroza, para, con sus pedazos, construir un mundo que en un momento dado, se desprende y vuela.

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