El venezolano escogió a Ecuador como país de paso hacia su futuro

| 17 de Septiembre de 2017 - 00:00

Como vendedores ambulantes o músicos que entonan sus melodías en los buses, ellos se ganan la vida y se ajustan a su oprimida economía.

No tiene a nadie en Ecuador para encargar a su hijo Leonel de cuatro años, así que sale a las calles a trabajar con él.  

César Giraldo tiene 33 años y su pareja Fabiola Coello 30. Ellos ofrecen jugos de naranja a los conductores en el hipercentro del norte de la capital. El menor corretea en una vereda cercana y juega solo con una rama que encontró.

Sus padres lo observan constantemente mientras soportan que los conductores les cierren las ventanas de los vehículos y pongan seguros a las puertas.

“A mí no me gusta tenerlo en la calle, pero qué puedo hacer. Hay momentos en los que él ya quiere irse a la casa”, dice Coello y agrega que no les alcanza para ponerlo en una guardería.

Esta pareja de jóvenes llegó a Ecuador hace pocos meses, él hace ocho y ella hace dos. Sus miradas cansadas y sus rostros quemados por el sol evidencian que luchar en las calles de un país ajeno es muy difícil.

Decidieron dejar su tierra natal, Venezuela, por cuestiones económicas. Salieron de su país con la ilusión de encontrar días mejores y es que varios de sus amigos que estaban en Ecuador les aseguraron que habían muchas fuentes de empleo.

“Llegamos aquí y nos dimos contra la pared porque no es como pensábamos. Nos dijeron que ganaríamos $ 400 al mes, pero es difícil”, dice el joven venezolano, alto y de piel morena.  

Ambos son de Puerto La Cruz. Viajaron por tierra, un periplo que duró cinco días entre bajarse y subirse a los buses y de dormir en hoteles y en los vehículos. La travesía les costó  $105 por persona, desde Cúcuta, Venezuela, hasta Quito.  

En su país, Giraldo vendía repuestos de carros al por mayor, mientras su pareja terminaba sus estudios en Enfermería.

El reencuentro en Ecuador, terminó con el sufrimiento y la tristeza por la lejanía. Leonel se lanzó a los brazos de su padre y fue tanta la emoción -dice Giraldo- que ese día no trabajó para quedarse con su familia.

Viven en La Planada, norte de Quito, en un departamento de cuatro habitaciones que lo comparten con más familiares que también migraron. El arriendo es de $200, a la pareja le corresponde pagar $60.

Vivir con más personas, aunque sean familia, les ha resultado incómodo. Por ejemplo ellos tienen que esperar que desocupen la cocina para preparar algo. Mientras tanto se aguantan el hambre.

Según Giraldo, en Ecuador sí hay varias opciones de empleo; pero para personas con algún oficio como costureras, soldadores, entre otros. Su primer trabajo fue de pintor en una construcción y lo despidieron porque un colega de su país demandó a los contratistas entonces la empresa despidió a todo el personal extranjero.

Después de ese incidente y de no encontrar ningún trabajo fijo, optó por salir a las calles.

Hoy, en el semáforo consigue dinero para vivir cada día. Los $ 15 no compensan lo duro que es trabajar expuesto al desdén de la gente. “Son serios, no nos regresan a ver, ni nos contestan el saludo”, comenta la venezolana y agrega que extraña a su país.

Ambos son ilegales en Ecuador, dicen que no han sacado la visa porque no tienen  dinero y aún están consiguiendo los documentos apostillados en Venezuela que les piden en el Ministerio de Relaciones Exteriores y Movilidad Humana.      

Su nuevo plan es ahorrar para viajar a Perú; les han dicho que allá la situación es mejor. Requieren $ 50 por cada uno para volver a migrar.

Muchos migrantes venezolanos portan algún identificativo de su país, como gorras con la bandera de su nación y camisetas de la selección de fútbol. Foto: Álvaro Pérez /& EL TELÉGRAFO

Muchos venezolanos que laboran en las calles quieren dejar Ecuador para ir al sur del continente. Por ejemplo a Víctor Guevara, de 40 años, le gustaría viajar a Chile para buscar mejores días.

En su país era chofer en una empresa de transporte ejecutivo. Asegura que le iba muy bien, tenía un carro, una moto, una casa y un departamento. Decidió migrar con su esposa, quien es estilista y sus dos hijos por seguridad. En una ocasión le secuestraron a su familia para robarles las cosas de su casa.

Llegaron a Ecuador hace 7 meses y -dice- les ha ido muy bien. Son de Guatire y vinieron en avión. Aunque viajaron con mucha ilusión y esperanza, al pisar suelo ecuatoriano, se dieron cuenta de que no todo sería tan fácil como les habían dicho.

Como en todas partes -comenta Guevara- hay gente buena y gente mala, personas que los recibieron bien y otras que los han rechazado. “Durante los primeros 15 días nos deprimimos. Allá no éramos ricos, pero estábamos bien, acá llegamos a alquilar y a dormir en un colchón en el piso. Mi esposa ya no quería ni comer”, dice Guevara y agrega que es difícil empezar de cero.

Viven en un departamento en La Tola, centro de Quito. Pagan de arriendo $ 200 y viven solos. Actualmente su esposa trabaja en una peluquería y sus hijos estudian en un colegio público. Pero Guevara no ha encontrado un trabajo formal, vende donas en las esquinas.

Trabajó como técnico en una tienda de venta de celulares, pero renunció porque el sueldo era poco para el horario que le exigían.

En las calles gana $ 0,20 por dona. Aunque, por lo general las compra a un proveedor a $ 0,30 y en ocasiones las prepara. En el día vende 30 de ellas. “Hay mucha gente buena en Ecuador, pero hay un grupo pequeño que me rechaza”, dice Guevara mientras explica que para trabajar en las calles se requiere mucho valor y fuerza.

Su esposa ya consiguió legalizar su documentación, Guevara no y aún está recopilando los documentos que requiere. Aunque en su vivienda no han recibido a más migrantes de su país, como lo hacen otros de sus amigos, Guevara sí suele ayudarlos: los va a recoger en el aeropuerto o les presta dinero hasta que puedan establecerse.

“Los venezolanos nos ayudamos, conocidos o no, nos ayudamos”. Agrega que lo que más extraña de su país es la hermandad, la solidaridad y la alegría de su gente.

Admite que en ocasiones se siente solo. “Yo quiero más tranquilidad, tener un empleo fijo”, dice Guevara al explicar el porqué quiere migrar a Chile, aunque su esposa desee quedarse en Ecuador, pues a ella le ha ido muy bien.

El creciente número de vendedores ambulantes venezolanos en la capital es evidente. La mayoría de ellos trabaja de forma ilegal. Foto: Álvaro Pérez / EL TELÉGRAFO

El creciente número de vendedores ambulantes venezolanos en la capital es evidente. La mayoría de ellos trabaja de forma ilegal. De ahí que cada vez  que aparecen los policías metropolitanos controlando los permisos, los tres venezolanos y otros amigos optan por retirarse del lugar, a veces corriendo.

Para trabajar en la calle, según la ordenanza municipal 280, se requiere un permiso metropolitano. Se estima que en la capital existen alrededor de 24.000 comerciantes informales concentrados principalmente en La Mariscal, La Carolina, Iñaquito y en el Centro Histórico.  

En los últimos meses se ha incrementado el ingreso de extranjeros por la frontera norte, específicamente por Rumichaca. De acuerdo con información dada por el puesto de control migratorio de ese lugar, se registra un promedio de 2.800 visitantes por día; de ellos el 80% es originario de Venezuela. Incluso, debido al masivo flujo migratorio, se habilitaron 14 ventanillas.

Según el Ministerio del Interior, en los últimos 5 años entraron al país 476.132 migrantes de ese país, de estos, 38.087 no registraron su salida.

Para ingresar a Ecuador los ciudadanos venezolanos únicamente deben portar la cédula de ciudadanía o pasaporte, no se necesita una carta de invitación.

Muchos migrantes venezolanos quieren ahorrar dinero para viajar a otros países a buscar trabajo. Chile, Perú y Argentina son los destinos preferidos. Foto: Carina Acosta / EL TELÉGRAFO

Pero no todos dejan el país llanero por razones económicas o de seguridad. Por ejemplo, Ánderson Namías, de 20 años, vino a Ecuador para acompañar a su novia a realizar unas pasantías profesionales. No empezó sus estudios de Música por seguirla.  

Estos jóvenes, oriundos de Mérida, viajaron en transporte terrestre, una travesía que la disfrutaron porque la tomaron como un paseo.

Llegaron hace 5 meses y desde ahí  Namías se sube a los buses a cantar con su guitarra. Dice que con su música quiere dejar un mensaje de amor y paz, pues sueña que este mundo puede cambiar y ser mejor.

“Acá es maravilloso porque yo logro sostenerme con mi música y me alcanza para comer, pagar mi arriendo, darme mis gustos, e incluso para darle regalos a mi novia”, dice Namías.  

En el día consigue alrededor de $ 30, incluso un poco más. Trabaja de 08:00 a 19:00.

Esta pareja de jóvenes venezolanos vive en una habitación con dos compatriotas más en el norte de la capital. El costo del lugar es de $ 85.     

“No es fácil montarse en un autobús, tocar frente a las personas y que algunos te miren con mala cara”, dice Namías, pero aclara que son mayoría aquellas quienes lo miran con agrado, lo aplauden y le colaboran con una moneda.

Namías espera quedarse dos meses más en Ecuador. Después quiere viajar con su novia por varios países. (I)

El vendedor ambulante debe soportar el intenso sol o lluvia de la capital ecuatoriana. Aseguran que, pese a eso, continúan trabajando en las vías. Foto: Carina Acosta / EL TELÉGRAFO