Domingo, 12 Febrero 2017 00:00 Séptimo día

El tiempo y la modernidad no afectan la vida rural de Bolívar

El tiempo  y la modernidad no afectan la vida rural de Bolívar
Foto: Roberto Chávez / El Telégrafo

Pese al desarrollo comercial de la provincia, ni las casas antiguas, ni los molinos de agua ni los sistemas de producción han sido modificados.

Carlos Novoa

Los grandes referentes de desarrollo urbanístico en Ecuador son Quito, Guayaquil y Cuenca. Mientras en estas urbes, año tras año, el paisaje citadino cambia radicalmente debido al crecimiento demográfico, en otras localidades del país el panorama se mantiene intacto desde hace décadas.

Un ejemplo de ello es la provincia de Bolívar, ubicada en el centro de Ecuador, especialmente en cantones como Guaranda, Chimbo y San Miguel de Bolívar, donde accidentes geográficos, edificaciones antiguas, reservas forestales y tradiciones alimenticias no se han modificado, pese a la gran influencia de los sistemas de producción y estilo de vida modernos.

En la capital provincial, por ejemplo, pese al imparable crecimiento comercial, estructural, vial y constante dotación de servicios básicos; aún existen paisajes que evocan décadas y hasta siglos pasados.

Para muestra un botón: el ingreso norte a Bolívar (vía Ambato-Guaranda) es simplemente de una belleza sin igual en donde el tiempo parece haberse detenido. Allí todo viajero decide parar su trayecto, siempre y cuando el clima se lo permita, e inmortaliza las fascinantes vistas en fotografías y videos.

El imponente y caprichoso nevado Chimborazo da la bienvenida a todos quienes atraviesan la Cruz del Arenal, atractivo turístico ubicado a mitad de la ruta que conecta a la capital tungurahuense con Guaranda.

El lugar es un área protegida en la que se ha logrado exitosamente introducir especies de camélidos andinos, como alpacas y guarizos, animales que hace décadas desaparecieron debido a la caza indiscriminada y excesivo consumo de su carne.

La única modificación importante en este sector es la carretera de primer orden que facilita el transporte de pasajeros, mercancías y animales desde y hacia Bolívar.

Por lo demás, el ambiente, según historiadores y guías turísticos, se mantiene como hasta hace 60 años.

“Excepto el aspecto y funcionalidad de la vía, el panorama es el mismo que a mediados del siglo pasado: es decir que las caprichosas formaciones rocosas que posiblemente dejaron erupciones volcánicas, la vegetación desértica en la que habitan diversidad de especies de reptiles, roedores, anfibios e insectos, así como pequeños charcos que se forman con la lluvia siguen sin variación alguna, excepto las causadas por la erosión y más procesos naturales”, señaló José Medardo Navas, cronista bolivarense.

Avanzando por la carretera y dejando atrás el fascinante ‘Taita’ Chimborazo, los parajes cautivadores continúan. Esta vez en las bases, faldas y cumbres de los cerros que forman parte de la cadena montañosa andina, que protegen a Guaranda de las fuertes ráfagas de viento que a diario circundan el coloso.

Allí se puede apreciar escenas típicas de la serranía ecuatoriana en las que los agricultores, ganaderos y avícolas han dejado una profunda huella.

Edificaciones añejas, criaderos de animales construidos con madera que hoy escasea, y sistemas de cultivo de inicios del siglo pasado constituyen un atractivo turístico, histórico y antropológico que a veces pasa inadvertido.

“En Chile, Argentina y Brasil, existe un tipo de turismo denominado ‘añejo’. Consiste en apreciar la arquitectura, las costumbres, la ideología, los sistemas agrícolas y ganaderos, y el estilo de vida en general, que no han sido modificados, pese al paso del tiempo; la provincia de Bolívar es la provincia donde más conservación hay de estos elementos, por lo que es propicia para la aplicación de esta clase de turismo”, explica Neida Lozano, guía turística ambateña.

Si bien para el visitante nacional esto parece no llamar mucho la atención durante su trayecto, los extranjeros gastan cada año importantes cantidades de dinero en visitar estos sectores y experimentar la vida al interior de edificaciones añejas y sistemas de producción que se aplicaban hace 50 años.

Pasión por lo rural

Vicente Cevallos, agricultor de 70 años, es un apasionado de la vida rural. Su vivienda de 2 pisos y 8 habitaciones fue construida por su abuelo paterno y aún se mantiene en pie. Es fiel muestra de la durabilidad de los materiales con los que se levantaban las casas de antaño.

Pese a los fuertes sismos que han ocurrido en el sector en los últimos 20 años, pues en el subsuelo existen al menos 2 importantes fallas geológicas, los pilares, paredones, techos, tejas y losas de madera se mantienen firmes.

Esta vivienda está ubicada en el ingreso a la parroquia Salinas, una de las más productivas de Bolívar, a 15 minutos del centro de Guaranda.

En 6 de sus 8 habitáculos se hospedan cada mes visitantes extranjeros para quienes la ausencia de señal telefónica, televisión, radio o servicio de internet inalámbrico, lejos de ser un dolor de cabeza, es una gran ventaja, pues así consiguen un verdadero descanso.

Cada sábado, Vicente madruga y realiza caminatas alrededor de su hogar, acompañado de grupos de 10 turistas, en su mayoría estadounidenses e italianos, que llegan al país para disfrutar del turismo rural.

“Lo que más les cautiva es la conservación de nuestras viviendas y tapiales de cangahua (especie de roca formada por arcilla endurecida), carrizo, piedra de agua y lodo.

Según dicen, estos sistemas arquitectónicos se han ido perdiendo y solo quedan unos pocos en Sudamérica, India, Filipinas y algunos países de África, por lo que en sus visitas hacen análisis del material y no pierden oportunidad para hacer fotografías y filmaciones”, señala Vicente.

Los portones antiguos, hechos de cedro, pino y eucalipto, también son objetos de admiración. Pese a que estas especies arborícolas están presentes en casi toda la serranía, la durabilidad y resistencia del material son menores que hace décadas, según explica Berta Cevallos, arquitecta.

“Sin duda la contaminación del suelo, del agua y el ambiente en general, han provocado que las maderas duren menos que antes y sean materiales que de a poco son reemplazados por materiales sintéticos y aleaciones de metales. Nuestros abuelos levantaban estas casas en mingas de 5 días, por increíble que parezca, y lo hacían con herramientas y mecanismos que hoy en día causan asombro para el moderno sector de la construcción. Pero el producto final son construcciones que han resistido a devastadores terremotos como el de 1949, el cual, en Ambato, derribó miles de casas, pero aquí muy pocas; y el de abril pasado, en el cual no se vino al suelo ninguna de las edificaciones”. La frescura que existe en el interior en días soleados y la calidez en tiempo invernal son otras de las características de estos habitáculos añejos.

Alimentación tradicional

Los sistemas alimentarios de estos sectores también provocan extrañeza y a la vez fascinación en los visitantes.

Por ello, los anfitriones, todos agricultores y ganaderos, suelen incluir las tareas del campo (regadío, limpieza de parcelas, poda y recolección de frutos, granos, semillas y hortalizas) en los programas de los turistas.

Uno de ellos es José Llanos, de 75 años y oriundo del cantón San Miguel de Bolívar. Su casa es similar a la descrita anteriormente, pero además guarda otras importantes características de las edificaciones del siglo pasado: un enorme granero, un patio para el secado y preparación de semillas y un molino de agua.

“Uno de los principales objetivos de nuestros huéspedes es sentirse parte de nuestra comunidad. Para ello, desde su arribo, se les sugiere desactivar sus celulares, laptops y tabletas, y participar en nuestras tareas diarias. La jornada se inicia a las 04:30, hora en la que se realiza el riego de maizales y huertos frutales. A medida que pasa el día los varones refuerzan sus conocimientos sobre esta tarea y luego suelen ir a traer agua de los pozos cercanos; finalmente, antes de servirse el almuerzo deben filtrar las impurezas del líquido en grandes carbones de troncos de pino”, detalla José.

Mientras tanto, las extranjeras, en su mayoría chicas de 18 a 25 años, acompañan a las amas de casa a cosechar tomate, aguacate, taxo y otros productos para preparar deliciosos platos típicos locales; entre ellos los chihuiles, especie de tamal que se elabora con harina de maíz, queso, cebolla y, en algunas ocasiones, carne de cerdo.

“La hoja del maíz sirve para envolver una porción pequeña de la deliciosa masa. Por tal razón durante la colecta de mazorcas se debe arrancar con cuidado las hojas que salen del tallo y enseguida moler los granos”, asegura Mirely Saltos.

Por su parte, doña Clemencia, esposa de José, enseña a las jóvenes a preparar deliciosas especialidades gastronómicas locales, como la fritada, el mote con chicharrón, las coladas de granos secos y zumos naturales de frutas andinas.

“Para ellas, todo esto es nuevo porque han podido estudiar y ejercer profesiones que antes solo eran para los varones. Pero a la vez aprenden a valorar el trabajo que les tocó hacer a sus abuelas y madres en siglos pasados”, dice Clemencia.

Bolívar es una de las pocas provincias en las que aún funcionan los molinos de agua. En la vía San Miguel-Balsapamba, uno en particular se ha convertido en objeto de admiración, pues lleva más de 100 años en funcionamiento. Allí, a diario, varias familias muelen trigo, cebada, avena, maíz, arveja, maíz, fréjol y haba seca. Este artefacto es otra muestra de la conservación de los artefactos antiguos que hay en esta provincia. (I)

Datos

Los molinos de agua de San Miguel son visitados cada semana por alrededor de 100 turistas, nacionales y extranjeros.

Se calcula que en la provincia de Bolívar quedan solo 10 de estos artefactos, que hasta hace 30 años eran la base de la producción de harinas y polvillos.

En su gran mayoría están ubicados cerca de arroyos y más fuentes hídricas. Cuando la cantidad de agua desciende, se aprovecha para dar mantenimiento y limpiar todas las partes del molino. (I)

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