Una política exterior ciudadana

- 30 de Junio de 2017 - 00:00

La última Asamblea, convocada por la OEA, celebrada en Cancún, puso de manifiesto predicamentos fácticos de irrespetar normas inmutables del derecho internacional, fundamentalmente, principios de autodeterminación, de no intervención. Los aparatos ideológicos del poder manejados por ellos escenificaron, mediante matrices mediáticas, el panorama, para aplicar la ‘carta democrática’ a Venezuela, lo que no sucedió en Brasil, Honduras y Paraguay, donde se consumaron flagrantes rupturas constitucionales.               

La expectativa de injerencismo en la institucionalidad del pueblo bolivariano -acción contraria al sistema interamericano- falló. Encabezado por EE.UU., gobiernos latinoamericanos generaron el clima para aislar la tierra del Libertador. No prosperaron. Empero, recuerdan los años 60, cuando buscaban castigar la Revolución cubana en el organismo regional.

En esos tiempos, la potencia hegemónica marchaba tras ‘el voto 14’, decisivo para la expulsión de Cuba, enfrentando, minorías de Estados miembros opuestos a sancionarla, respetando legislaciones internacionales. Aunque el 31 de enero de 1962 unos desertaron de esa actitud ejecutando la execrable expulsión de la isla, en la reunión de Punta del Este. Esta vez en México fallaron las cifras, buscando el voto 23, la consigna imperial enfrentó países que mantienen políticas exteriores apegadas a la ley. El anteproyecto que buscaba modificar preceptos constitucionales venezolanos fracasó.

Ecuador, dignamente representado por la canciller María Fernanda Espinosa, supo combinar exitosamente, con conocimiento del derecho internacional, dosis de realismo político, estrategias adecuadas, ante la realidad de una Asamblea dividida. Accionar resumido inteligentemente por ella en entrevista concedida a Jorge Gestoso en Telesur. Definiendo a América como “el continente de la diversidad con distintas visiones”, sostuvo que las diferencias entre venezolanos corresponde resolverlas entre venezolanos.

La reunión interamericana bajo el lema ‘Fortaleciendo el diálogo, la concertación para la prosperidad’, transformada en actuar intransigente, tratando de suspender actos legítimos de una nación soberana, tuvo epílogo chejoviano. Justificativos para proponer temáticas interesadas en aras de integración, la agenda de la 47ª asamblea fue invadida por el tema venezolano. Propuestas fundamentales, sin posibilidad siquiera de ser discutidas, frente a urgencias de aprobar una resolución injerencista que no contaba con mayoría real. La ministra Espinosa estableció los logros ecuatorianos: vialidad, salud, energía, educación, los mayores del continente.

Sus palabras: “Credenciales de ser el país más exitoso en romper las brechas de desigualdad, frente a aquellos Estados que dan ‘lecciones de democracia, transparencia y respeto a DD.HH.’, cuando tienen problemas domésticos puertas adentro muy complicados”. Diagnóstico certero del evento diplomático. La unidad latinoamericana sufrió, dadas las parafernalias paranoicas ejercidas en su contra por los imperios. Acciones internacionales que nuestra canciller esbozó en dicha interviú, mostraron errores -horrores- del andamiaje burocrático de la OEA.

La falta de prolijidad en los procedimientos que aparentemente posibilitaron entregar proyectos de resolución, afirmando que eran documentos consensuados por mayorías. Descubierta la falacia, gracias al ministro centroamericano, que negó tal posibilidad. Por ello, votaron dos proyectos de resolución sin que ninguno tuviera primacía.

Descaradamente se mintió para alcanzar proditorios objetivos. Aseveraciones sustanciales referentes a actuaciones en la ONU donde existen listas de los países que califican para el buen gobierno y cuáles no. La necesidad de reflexión en la OEA, en organizaciones de NN.UU. como sugiere nuestra canciller, correlacionaría con suprimir la constante barroca de nuestra diplomacia. (O)

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