Sociedad y corrupción

- 25 de Agosto de 2017 - 00:00

En la vida de uno de los grandes mafiosos de la historia, hay una anécdota particular. Cuentan que de niño, después de una de las tantas pillerías que hizo Pablo Escobar, recibió la regañina de su madre, no por el hecho sino por el cómo. La reprimenda de ella fue feroz y aleccionadora: "Escúcheme Pablito, si va a hacer algo malo, hágalo bien; si no es así, mejor no lo haga". Esta anécdota ilustra muy bien lo que queremos tratar.

Generalmente se dice que la corrupción viene solo de los gobiernos, de los funcionarios públicos e incluso hay unos muy listos que quieren hacernos creer que recién en estos últimos gobiernos hay hechos de corrupción. Y lloran como vírgenes ofendidas amparados en la desmemoria social, cuando ellos mismos en gobiernos anteriores han sido escandalosamente corruptos y lo que es más condenable: sus crímenes han quedado impunes.

Si recordamos la historia nacional de la infamia tenemos: la sucretización de Osvaldo Hurtado por la cual el pueblo pagó la deuda de la oligarquía al licuar su obligación de cientos de millones de dólares a sucres; los escándalos de la Terminal Terrestre de Guayaquil; los privilegios de las corporaciones petroleras que se llevaban el 80% de los recursos con la complicidad de los gobernantes; la construcción de la Perimetral con denuncias de presuntos sobreprecios; el caso Ecuahospital de Neira; el caso Torbay; el atraco de ‘Flores y Miel’ en el gobierno de Durán-Ballén, los gastos reservados de Dahik. Las acusaciones contra Bucaram y sus sacos de dinero, denunciado por su guardaespaldas; los escándalos de Fabián Alarcón: negociado de carreteras, coimas en las garitas de la Comisión de Tránsito, la apropiación de donaciones. El feriado bancario de Mahuad que arruinó la vida de 2 millones de ecuatorianos; la Pichicorte de Lucio Gutiérrez. La compra de certificados de depósitos a mitad de precio, entre otros.

En muchos de estos gobiernos, la perversión social de la corrupción se había convertido en un hecho cotidiano.

La corrupción no tiene identidad, partido ni ideología. Son conductas aberradas de individuos que se aprovechan de una situación de poder para delinquir amparados en la impunidad y en la amnesia social. Ninguna región del mundo, ni el paraíso terrenal, ha estado exenta de la corrupción.

La corrupción es un monstruo de muchas caras, sistémico, que se origina en una sociedad que ha pactado con el crimen, que se hace de la vista gorda, que la tolera. Cuando la sociedad acepta a aquel que sorpresivamente se ha hecho millonario, aplaude el dinero fácil; cuando a la familia, las instituciones o el banquero no les importa de dónde proviene el dinero; cuando una sociedad amnésica permite que aquellos que fueron procesados y acusados de corrupción den clases de moral y ética en tours mediáticos en que no se avizora ningún reproche social, es la sociedad en su conjunto la que promueve la corrupción.

La corrupción se siembra en la familia cuando en su seno se tolera la mentira, la traición, la doble moral, las pequeñas pillerías aplaudidas como astucia o sagacidad. La corrupción se siembra en la escuela cuando los maestros no son ejemplos para sus alumnos y tienen comportamientos inadecuados y cuando los niños copian las tareas o pagan por ellas. La corrupción se siembra en los medios cuando las noticias son sesgadas, distorsionadas o se miente de acuerdo a los intereses particulares de sus dueños.

Nuestra cultura aplaude al vivaracho, al ‘cucaracha’ que se mueve por todos lados y de todo saca provecho. Ve como tonto o lento al honesto, al cumplidor de la ley, al hombre educado en oposición al ‘duro’, al ‘sapo’. Y es que muchas fortunas se han hecho después de una meteórica entrada a la escena pública. Grandes empresas, que ahora pasan por honestas, se hicieron en anteriores gobiernos. Reposados adalides del bien y la justicia fueron antes pillastres de siete suelas y ya nadie se acuerda ni investiga.

No es solo la aplicación rigurosa de la ley la que puede desterrar y desalentar la corrupción. Es el repudio y rechazo social hacia aquel que se aprovechó de las arcas públicas o privadas. Si la sociedad en su conjunto no educa a los ciudadanos con principios y valores, a nada llegaremos. Si no se castiga moralmente a los compinches y ejecutores de actos corruptos volveremos siempre, luego de los escándalos públicos, a ser cómplices tolerantes de la infamia.

Es necesario un compromiso total de la escuela, de la familia, de los medios y la sociedad en general, para desterrar a ese monstruo de mil cabezas que desvalija la moral pública y empobrece el desarrollo de nuestros pueblos. (O)