Miércoles, 09 Noviembre 2016 00:00 Columnistas

Sobre siembras culturales (reparaciones)

Juan Montaño Escobar

En el Decenio de la Afrodescendencia debemos calentar las aguas frías del trinomio formal (reconocimiento, justicia y desarrollo) con demandas de ‘reparación’. El Abuelo Zenón, oralidad filosófica al fin y al cabo, insistió en aquello. Aplausos para la Asamblea General de la ONU que aprobó la Resolución 68/237, del 23 de diciembre de 2013, proclamando el Decenio, pero nuestras andaduras no comienzan ni terminan ahí, porque no hemos caminado por la nada y sí creamos los prodigios para ser el pueblo que somos. Por ejemplo, en este noviembre se cumplen cien años del fin de una etapa de siglos “gritando llegadas al mismo tiempo que las luces se encendían en todas las esquinas de América”. La referencia es antonio-preciadista.

De aquellas satisfacciones personales, estuve en un encuentro palabrero de dos grandes de nuestro pueblo: Antonio Preciado y Juan García. El maestro J. García pasa por un punto difícil en su salud, pero con el legendario ánimo cimarrón juntó su palabra de historia a la del poeta y este jazzman volvió al pupitre escolar. Es que cuando hablan los mayores que saben… Cada uno de ellos habló desde su territorialidad, ese espacio-tiempo de ‘vías más andadas’ y desandadas vueltas a andar con otros axês, el poeta despliega su afán de oralidad en la ciudad, barrio caliente como punto de llegada (y partida) para la historia de la gente negra, un desiderátum convocatorio a la diáspora de casa adentro y casa afuera. Allá está esa porción de territorio con sus leyendas vivas, por la intensidad oculta del probable relato; su mural de figuras exuberantes, al fondo de la calle Ricaurte o los nombres de los que se fueron para instalarse en el imaginario esmeraldeño.

La biofísica es comprensible con personas y hazañas, refiere el poeta, los del mítico Amenaza Verde quedan menos de los dedos de una mano, Jaime Hurtado González salió de por ahí a Guayaquil, pasando por el famoso colegio 5 de Agosto, o el mismo Antonio Preciado con un candil alcanzando en la educación las medallas que no logró en el deporte. Al maestro Juan García, su abuela (pedagogía de la necesidad para perpetuar memorias) le narró con cada jeme de su vida las vidas de nuestro pueblo negro. Ratificó la sentencia del Abuelo Zenón: “No hay fronteras, ¡la frontera es una raya!”. Aquella mujer sembró en su ser el desvelo para conjurar los olvidos que antes y ahora mantiene el Estado intercultural con una parte de su ciudadanía, la afroecuatoriana.

Escuchando a esos dos maestros del pensamiento crítico, creí percibir el susurro del Abuelo Zenón pidiendo, en consideración, una autorreparación. Reparación epistemológica de los grupos y centros de investigación, de escritores y ‘borroneadores de cuartillas’ (como este jazzman) y de las universidades de Esmeraldas.

Reparación para mentes y corazones de la niñez y juventud ecuatorianas que crecerán con desigualdades cognoscitivas. Esa siembra reparadora debería empezar por la obra A. Preciado y J. García. (O)

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