Jueves, 15 Junio 2017 00:00 Columnistas

Papá digital

Aminta Buenaño

El día en que José Antonio cumplió el sueño de sus hijos, los perdió. Los tres habían pedido durante años un smartphone de última generación y al padre no le alcanzaba el sueldo. Reunió aquí y allá, pidió un préstamo, se endeudó con su mejor amigo. Y el feliz día llegó. Radiantes, satisfechos, salieron los muchachos del almacén con un móvil que estallaba de luz entre sus manos. El padre no cabía del gozo, sus hijos eran felices. Pero desde el primer momento de haberlo comprado esa luz azulosa y fantasmal se adueñó de sus hijos, envolviendo con su fría luz a toda la familia. Sentados en la mesa del comedor sus hijos comían como autómatas, los ojos fijos en la pantalla, mientras el alimento maquinalmente llegaba a sus estómagos. Sus hijos declaraban amor a sus padres por Facebook, enviaban emotivos mensajes, pero a los ojos nunca se miraban.

José Antonio, aterrorizado ante la falta de comunicación, optó por comunicarse con trinos y ¡eureka! tuvo respuesta, pero luego de ese primer entusiasmo todo volvió a ser igual. Después le dio por aconsejarlos o regañarlos por Facebook y Twitter y entonces sus hijos y una legión de desconocidos le contestaban. No tenía tres hijos, eran miles, millones. Mientras tanto en su casa deambulaban fantasmas rodeados por una tenue luz hipnótica; fantasmas que comían, dormían, susurraban en sueños, a los que les faltaba el calor de un abrazo, el cálido susurro del te quiero; pero eso parecía no importarles. Fantasmas que dejaban cenizas húmedas en su corazón. Extrañaba aquellos remotos días de la plática familiar y la risa compartida, del contacto visual y cómplice, de la intimidad.

Un día, José Antonio, después de enterarse por Facebook de los problemas de sus hijos, del vacío existencial de uno, del dolor por el abandono de la novia del otro, del desastre emocional del más pequeño, según confesiones públicas, decidió poner el último Me gusta y destrozarlo todo. Móviles, computadores, televisores, todo. Su mundo era la edad de la piedra, la edad de las emociones. Ante su sorpresa, no solo sus hijos, sino su mujer, la doméstica y los vecinos se alarmaron y lo atiborraron de remedios y tranquilizantes que solo consiguieron atontarlo y ponerlo más triste. Se enteró de que sus hijos lo consideraban loco de remate y oraban por él. Las cadenas de oraciones volaban por la red, como los comentarios de gente piadosa pero desconocida y los miles de Me gusta.

No resistió más, no quería perderlos y desde entonces un avatar que nunca envejece en un universo virtual los abraza, les relata viejas historias, mientras sus hijos felices envían memes y cuentan en las redes sociales que tienen el padre más cariñoso, divertido y ultradigital del mundo.

Con este cuento quiero dejar planteado un problema controversial que está ocurriendo en el seno del hogar y en otras instancias. En la era en que estalla toda la comunicación tecnológica y que es posible comunicarnos con todos, es cuando quizá menos nos comunicamos. Y la incomunicación llega, con su carga de dolor y soledad, especialmente dentro de la familia, entre nuestros seres más íntimos y queridos. Tan cerca, tan lejos. Tema de libro, de debate. ¡Feliz Día del Padre! (O)

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