Viernes, 14 Octubre 2016 00:00 Columnistas

Pablo Ansaldo Villacís

*Fernando Falconí Calles

Se vinculó al Barcelona en 1954; tenía apenas 19 años. Allí jugó hasta 1966. Con el popular equipo guayaquileño fue campeón en 1960, 1963 y 1966. Fue también arquero de la selección nacional cuyos colores defendió con pundonor y valentía. La selección nacional en 1965 se encontraba disputando un cupo para el Mundial de Fútbol Inglaterra 1966. Había derrotado a Colombia como local y visitante.

Bastaba un triunfo sobre Chile para conseguir la primera clasificación. El 15 de agosto de 1965 se realizó el encuentro con la Roja en el estadio Modelo (hoy Alberto Spencer). Con una asistencia de 50.000 aficionados entusiastas, en los graderíos no cabía ni un alfiler. A los 15 minutos, Alfonso Quijano avanza por la banda derecha y proyecta un centro que Alberto Spencer conecta de cabeza y envía el esférico a las redes, estableciendo el 1-0.

Después de pocos minutos, Ansaldo detiene un ataque de los visitantes. Ya en poder del balón, lo impacta un fuerte rodillazo del delantero chileno Carlos Campos. El médico lo examina y conoce la gravedad de la lesión. Como en aquellos tiempos a la FIFA le interesaba un comino el fair play, el fútbol se había convertido -lamentablemente- en un deporte malintencionado.

No estaban permitidos los cambios y, a pesar del fuerte dolor, Pablo no quiso abandonar a su selección. “De aquí me sacan muerto”, fueron sus palabras. Muy disminuido nuestro portero, los chilenos hicieron 2 goles que -en circunstancias normales- el maestro Ansaldo pudo evitarlos fácilmente. El resultado final de ese encuentro: Ecuador 2-Chile 2. Luego de los exámenes correspondientes, se determinó que el valiente arquero tenía dos costillas fracturadas y un pulmón perforado. Fue intervenido quirúrgicamente. Pablo pudo haber muerto en la cancha.

Perdimos en Santiago y, de acuerdo a las reglas de aquel tiempo, fue necesario un partido de desempate que se realizó en Lima el 12 de octubre de 1965, en el que los chilenos obtuvieron la victoria. Nuestra primera oportunidad para clasificar a un mundial fue truncada porque no siempre en el fútbol actuaron los que respetan al rival; también hubo aquellos que -disfrazados de futbolistas- se dedicaban a la cacería.

Estuve varios días en una fría habitación que los médicos llaman Unidad de Cuidados Intensivos (UCI). Cuando desperté y recibí las primeras visitas de mis seres queridos, me informaron que el paciente del lado derecho de mi cama era el señor Pablo Ansaldo. Lo pude observar: cabello blanco, cejas blancas; en su rostro se notaba el paso del tiempo. Tenía un respirador artificial y los alimentos ingresaban por una vía en forma líquida. Por unos cuantos días estuve a 2 metros de distancia de este gran deportista. Cuando salí de la UCI su estado continuaba crítico.

Siendo joven y fuerte, estuvo dispuesto a dejar su vida en la cancha por al  amor a su país. A todos nos llegará la hora; cuando la de Pablo aparezca, inmediatamente alineará como titular en el equipo de los mejores futbolistas ecuatorianos de todos los tiempos. Miles seguiremos aplaudiéndolo emocionados desde las gradas. Y, claro, él tapará sin guantes, con la calidad y valentía de siempre. (O)

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