Los olores de Valquiria

- 26 de Diciembre de 2016 - 00:00

Quién pudiera creer que a Valquiria los olores le importaran tanto. Tenía encima muchos años de llevar consigo la culpa de olerlo todo desde distancias inverosímiles. Y se había acostumbrado a ordenar algunas cosas de su hogar de acuerdo, a más de una supuesta estética, a un olor o a un asomo de olor que ella consideraba podía satisfacer a los invitados o a los intrusos. Los espacios estaban llenos de unidades, no siempre ornamentales, que expulsaban fragancias, a veces, indeterminadas. Pero estaba segura de que esos olores aplacaban el pecado de su nariz sensitiva.

Hasta que llegó el fatal día de una enfermedad -también indeterminada- y solo fue hasta el tercer día cuando se dio cuenta de la placidez de no poder oler nada. Una felicidad asociada al ayuno al que se vio abocada en medio de dolores, náuseas y vómitos que le hicieron perder por largas horas la razón y la coordinación de las tareas íntimas más elementales. El sol huidizo de la ciudad le permitía eliminar los horarios alimenticios, y las tardes y noches parecían una larga sucesión de arcadas que cada vez le impedían oler un deseo o una regurgitación de bilis. Hasta los ascos, tan frecuentes en ella, hoy ya no tenían olor ni sabor ni forma. La ausencia de olfato la había convertido en un ser libre y liberado.

Al cuarto día de esa semana -casi aséptica- Valquiria empezó a reflexionar en los efectos de no oler nada. La liberación humana y doméstica, murmuraba para sí misma, consistía en algo tan sencillo: no oler nada. Sacarse de encima esa convención social de olerlo todo: cuerpos, alientos, comidas, sudores, carnes, verduras, animales, bálsamos, putrefacciones, sexos, bocas, excreciones, flemas, fluidos. Por fin, eso había concluido gracias a una enfermedad punzante y aséptica. Los olores dejarían de afligir su cuerpo siempre presto a conciliar los olores del mundo y el olor de sus poros siempre abiertos y alertas. Los olores dejarían de ser la obsesión por el uso del agua y por los gérmenes del placer que de manera concreta y cierta daban los fluidos corporales de quien se cruzara en el camino. Hoy, después de la experiencia de no olfatear nada, podría disfrutar de lo mismo –y de más- sin el espasmo de descubrir un mal olor temporal y propio de una excitación no planeada. Era cierto, la liberación estaba llegando de un modo inesperado, pero ella no podía parar de especular que algo tan sencillo y parecido a la redención hubiera de tener otras secuelas en sus satisfacciones cotidianas.

La luz opaca de esa cavilación llegaría el séptimo día y a su mesa. Alguien por bien hacer le había llevado una agüita de hierbas dulces y una sopa de tomates. Cuál sería su sorpresa que al abrir la pequeña botella con el líquido (¿remedio?) pudo notar espantada que podía oler el menjurje de los montes utilizados en su hervor… y, luego, distinguió el aroma y el sabor de la pimienta en la crema de tomates…

Pero lo más grave vino después revolcándose de dolor en la cama: la necesidad inaplazable de un baño. Su cuerpo en ocho días había expelido toda la fetidez de la enfermedad y el mal. Podía oler otra vez. Olerse. La esclavitud en forma de perfume urgente había retornado. (O)

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