Lunes, 07 Noviembre 2016 00:00 Columnistas

La esperanza de la nación

Werner Vásquez Von Schoettler

Los imaginarios sobre la nación han variado en distintas etapas de la historia republicana del Ecuador. De una república naciente, carente, casi de nación, donde las mayorías poblacionales eran las minorías políticas, fuimos pasando a fases de agregación, casi siempre, determinadas por la necesidad de la incorporación y efectividad económica o en ciertos casos para apaciguar las insurrecciones. La historia de la República, de la Nación, pocas veces ha ido de la mano. Ser república fue casi un eufemismo modernista para ponernos a tono con los afrancesamientos de época. Hablar de la nación no era algo fundamental.

La idea del progreso y el desarrollo venían de la interpretación dominante, hegemónica que los grupos de poder, a medida de la repartición de las instituciones y su control, se repartían cada cierto tiempo. La idea de nación en el Ecuador ha sido una idea secundaria, de acompañamiento a la imagen de república o de pueblo. La idea de nación después de la Revolución Liberal tomará mayor fuerza a medida que los grupos “subalternos” tienen mayor protagonismo. Obreros, trabajadores, militares, “intelectuales”, piensan la idea de nación como el recurso, no inicial, ni intermedio, sino como la última pieza para no permitir la disolución del país. Mientras las minorías han gobernado, el pueblo ha sido el lenguaje de la agrupación y el combate popular; la forma efectiva de resistencia social a lo instituido. Incluso las dictaduras militares han servido para afianzar los lazos sociales, identitarios de una unidad nacional versus localismos independentistas. La lucha por lo nacional no ha sido una batalla menor en la historia ecuatoriana.  

El punto más álgido de la lucha indígena en la década del noventa del siglo XX fue precisamente pensar y accionar en una idea más refinada de nación, de integración de los territorios y definir un horizonte de vida para todos. Pero los límites del indigenismo estuvieron en reducir la lucha política a un mando de dirección pachamamista con lo que se automutilaba políticamente. La cuestión del mestizaje y su proyecto político aún es un tema pendiente. La mestización de la sociedad ecuatoriana va de la mano de la definición y estructuración acelerada de distintas clases sociales y su imaginario de desarrollo. La identidad y la diversidad cultural —plurinacionalidad, interculturalidad— no pueden definirse por un deber ser, sino el ser existente; sobre todo superando los sueños folcloristas. La síntesis de las contradicciones está presente hoy en el escenario electoral. Así como son fundamentales los determinismos territoriales, son fundamentales los determinismos nacionales. La micro y la macropolítica no deben estar en oposición.

El futuro gobierno debe ser la esperanza de la nación. Integrar más a fondo lo local en lo nacional. Ni la desconcentración, ni la descentralización del Estado sean para alimentar los cacicazgos locales. Deben servir para romper las taras de décadas de un modelo de desarrollo espeso, denso, anquilosado. La última década ha sido en beneficio de la nación. No solo ha sido volver a tener patria, sino soldar las estructuras de la nación ecuatoriana. Cerrar las heridas morales de la fundación de la República. El futuro se juega no en el baratillo de ofertas, ni en el oportunismo, sino en la decencia de una política para el porvenir de las mayorías: una Patria común. (O)

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