Columnista invitado

La casa grande del conocimiento

- 07 de octubre de 2017 - 00:00

Algo acerca de la genuina labor universitaria nos lo demuestra  ese 30 de septiembre en el centésimo quincuagésimo natalicio y aniversario de nuestra ineludible y muy respetable Universidad de Cuenca, por sus condiciones geográficas y dones naturales, desde luego, además de su calidad de gente; visible en todas las dinámicas promociones que demostraron en todo el transcurso de su marcha cívica del reencuentro; casi de carácter romana, legionaria, académica y cultural, por todo lo que está llamada a un floreciente porvenir, vuelvo y repito, en el orden tanto esencial como ilustrativo de las actuales generaciones; con personas analíticas, en su gran mayoría, de alto rendimiento que por lo general modestamente no se lo ha demostrado orquestadamente; pero lo que sí nos queda bien en claro es que mujeres y hombres están fraguando indicios vehementes que anuncian la proximidad de mejoradas reformas hacia todavía un superior interés por la problemática social; como un deber de investigadores y universitarios cultivados difusores de conocimientos y, sobre todo, aunadores de esfuerzos en el inclaudicable afán de una positiva transformación social y comunicativa, al estar siempre llamados a un floreciente porvenir, tanto en el orden material como en el cultural. Así la actual generación tiene, pues, el deber de sentar las bases de una futura gran universidad que sea digna de las tradiciones de nuestro pueblo, híbridamente abierto al mundo corporativo y de la categoría descollante que el tiempo depara a la capital azuaya de entre los mejores núcleos citadinos de este país.

Será necesario, por lo mismo, que todos, graduados o facultativos y comunidad en general, aúnen energías, se logre esa sinergia, para restablecer los fundamentos de esta futura Casona del Saber o Yachaywasi con sus imprescindibles amautas o maestros frente a sus yachacuc o alumnos jóvenes y longevos; en donde al poseer como frente combativo el razonamiento puro, trabaja ese espíritu universal y, por lo tanto, universitario, alejado de pasiones simplemente politiqueras. Recurriendo un poco a la memoria, esta Corporación Universitaria del Azuay llamada así en 1867, con su primer rector, el Dr. Benigno Malo Valdivieso, acompañados con el elevado ideal constante en su blasón: ‘Fons-Vitae-Eruditio-Passientis’ e interpretado como: El aprendizaje de la fuente de la vida, la propiedad.

Luego por 1897; por decreto legislativo denominada Universidad del Azuay, para luego con el rectorado del Dr. Remigio Crespo T. en 1925 tomar el nombre con el que actualmente la conocemos: Universidad de Cuenca. Nunca puede ser objeto de una misérrima participación o de mala voluntad de un obscuro sectorial al cual se le antoje definirla como una especie de pulpo insaciable y absorbente por el solo hecho de exigir sus justos y limitados porcentajes financieros. De aquí la inaplazable necesidad en la construcción de las debidas, y ahí sí, inexcusables políticas públicas para la correspondiente autonomía universitaria; en donde todos los presentes y ausentes, de una u otra manera, tenemos el deber de llegar a asumir aquello que denominamos responsabilidad colectiva.

Para lo expuesto, sin duda se hace conveniente, ante todo, mejorar las bases económicas de nuestra casa de estudios, si es factible elevando sus requerimientos hasta la práctica de todo medio legal compulsivo y directo para un mejor control. Ventajosamente avizoramos desde ya esa esperanza de que la acertada dirección de su regencia cuenta con algunos proyectos que tienden a la ejecución de esta idea, con un merecido dictamen aprobatorio; básicamente de su Consejo Universitario, empeñando todo su esfuerzo para que tales designios se conviertan en inmediatas leyes de la república. (O)

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