Miércoles, 16 Noviembre 2016 00:00 Columnistas

Jugar a la ruleta rusa con el tambor completo

Fander Falconí

Hace medio siglo, Estados Unidos tuvo un candidato presidencial tan reaccionario como Donald Trump. A pesar de que ganó la nominación republicana, posturas en extremo conservadoras (en una década de cambios radicales como la de los años 60) le valieron a Barry Goldwater en 1964 una derrota vergonzosa ante el demócrata Lyndon Johnson. Con esas mismas ideas, en 1981 ganó la presidencia Ronald Reagan, uno de los artífices de la implementación de la doctrina neoconservadora que poco después se llamó neoliberalismo.

En las elecciones de 1964 también habría sido inconcebible que un candidato con posturas progresistas como Bernie Sanders hubiera avanzado tanto, como en efecto lo hizo en las recientes primarias demócratas. A pesar de que eran los años de la Revolución Cubana (1959), del movimiento hippie, de la Primavera de Praga y del Mayo francés de 1968, no cabía allí un candidato con ideas tan de avanzada en el santuario del capitalismo individualista. Pero lo inconcebible en 1964 resulta razonable hoy. El principal problema de Estados Unidos, afirmaba Sanders en campaña, es la desigualdad social. Hasta se conformó un grupo de millonarios estadounidenses que simpatizaban con las ideas de Sanders.

Treinta y cinco años después de Reagan, ha ganado la presidencia Trump. Muchos se preguntan si es el comienzo de un nuevo ciclo político. Este ciclo podría estar marcado por crecientes pugnas económicas y sociales en la propia sociedad norteamericana, y por una reorganización del orden económico propio de la globalización. Las críticas de Trump al sentido de la globalización y a sus mecanismos ejecutores, los tratados de libre comercio, fueron duras y continuas. Al parecer, esto le valió el apoyo de millones de votantes.

Sin embargo, no es probable que Trump promueva una reorganización que permita una repartición más equitativa de los beneficios de la globalización. Promoverá una reorganización conservadora. Así que los especuladores no dejarán de manipular la economía mundial. La manipulación de la economía se ha convertido en un juego de casino, en una apuesta.  

Para los apostadores del capitalismo supranacional, apenas somos las fichas del casino mundial. A esos tahúres no les importa la suerte de millones de personas que serán afectadas por sus apuestas financieras; tampoco les importa la suerte de sus hijos y descendientes. Ya demostraron su insensibilidad en la crisis de 2008, cuando no advirtieron ni a sus familiares ni a sus amigos sobre las consecuencias que acarrearon las partidas con cartas marcadas en los casinos de Wall Street.

El exdueño del hotel y casino Taj Mahal, en Atlantic City, ahora es presidente de Estados Unidos. A Trump le gusta hacer negocios con quienes apuestan en las ruletas y, como la mayoría de republicanos que hacen mayoría en el Congreso norteamericano, no cree en el cambio climático provocado por el capitalismo.  Mientras avanza la crisis civilizatoria de la era del calentamiento global, los tahúres seguirán apostando. No saben que en realidad, al proceder de esa manera, están jugando ruleta rusa con el tambor completo. (O)

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