Miércoles, 02 Noviembre 2016 00:00 Columnistas

Iglesia descentralizada

Padre Pedro Pierre

Ya pasan los años y sigue el papa Francisco sorprendiéndonos por la novedad de gestos, palabras y orientaciones. Pero al interior de la misma Iglesia, en particular en el clero, suscita mucha resistencia, como también en los grandes centros financieros y mediáticos. ¿A dónde nos quiere llevar el papa Francisco con su sencillez, su cercanía, su defensa de los maltratados, su condena del sistema económico, su pasión por los pobres y su apoyo a sus organizaciones populares? De hecho, el papa Francisco no toca la doctrina, no cambia los dogmas, no proclama nuevas teorías, no lanza condenas…

El título de este artículo quiere ofrecer un camino de respuesta: El papa Francisco quiere y promueve una Iglesia descentralizada. Eso fue la gran intuición del papa Juan 23 que se materializó con el Concilio Vaticano 2°. El papa Francisco nos hace volver al Concilio que definió la Iglesia como ‘pueblo de Dios’, es decir, una Iglesia de iguales, donde unos no son más que otros, sino que todos tenemos que opinar, proponer y decidir. Una Iglesia comunidad, donde todos nos debemos igual respeto y obediencia cuando se trata de seguir a Jesús y servir a los pobres.

Donde el sacerdocio ordenado está al servicio del sacerdocio de los bautizados, cuando durante 16 siglos se había dicho y practicado lo contrario. Con el Concilio se pasó de una Iglesia piramidal a una Iglesia sinodal, o sea descentralizada, es decir, comunitaria, dialogal, de los pobres y para los pobres. Donde todos caminamos juntos, donde todos nos sentimos responsables de todos, donde nos solidarizamos con todos los que buscan una vida digna, justa, fraterna. Donde no hay personas, ni lugares ni objetos sagrados porque todos somos sagrados.

Allí está la gran molestia de los que no aceptan no tener la verdad absoluta, ni ser obedecidos ciega y servilmente, no ser cuestionados por su vida tranquila y cómoda… El clero se ha institucionalizado a partir del emperador Constantino porque, en el principio, todos eran laicos; el mismo Jesús no fue sacerdote, sino laico. Es esta realidad que no se quiere aceptar. La causa mayor de la crisis en la Iglesia es no regresar a la práctica de los primeros cristianos ni al testimonio del mismo Jesús: ser una Iglesia comunidad de iguales al servicio de la dignidad y liberación de los pobres, a la manera de Jesús.

Pero, ese ‘caminar juntos’ -eso es el sentido de la palabra ‘sínodo’- ¿es nuestra práctica en familia: comunidad de iguales? ¿Es la práctica de nuestros grupos y nuestras organizaciones, donde nadie manda, sino que todos nos obedecemos? ¿Es la práctica de nuestras parroquias como comunidad participativa, propositiva y creativa donde todos participan en las decisiones y en los compromisos al servicio de los pobres? ¿Es la práctica de la democracia y la política: un ‘caminar juntos’ donde todos tenemos que aportar, donde todos somos responsables de todos, donde todos trabajamos por el bienestar de todos y donde nadie es salvador de nadie? Esos son los grandes retos de nuestros tiempos. (O)

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