Jueves, 29 Septiembre 2016 00:00 Columnistas

¿Hay que tener fe en la paz en Colombia?

Antonio Quezada Pavón

En diciembre del año pasado se reunieron los negociadores de la paz del Gobierno colombiano y de las FARC, en El Laguito, cercano a La Habana para anunciar los resultados de la 45ª ronda de conversaciones que empezaron hace tres años. Habían desarrollado un controversial, pero necesario y crucial acuerdo que incluía, tanto medidas judiciales para investigar y sancionar las violaciones a los derechos humanos y medidas extrajudiciales para una búsqueda real de los desaparecidos y proveer reparaciones individuales y colectivas a las víctimas del conflicto.

Escuchar a los miembros de la delegación gubernamental, a los representantes de la FARC y a los voceros de las víctimas, fue un duro recordatorio de una letanía de dolorosos hechos: más de 50 años de guerra, 220.000 personas muertas, 50.000 desaparecidos, 6.800 mujeres violadas, el reclutamiento forzado de niños y adolescentes, 5 millones de desplazados dentro y fuera de su territorio y 7,6 millones de colombianos registrados como víctimas hasta esa fecha. Era una atmósfera cargada de pesar y optimismo, reflejando las esperanzas, dudas y controversias que habían ensombrecido todo este largo proceso de paz. Al final de ese día, Humberto Calle, el líder negociador del Gobierno, insistió: “La paz es posible. Ha llegado el tiempo de creer en la paz”. Y tenía razón.

El lunes, en una ceremonia solemne, el presidente Juan Manuel Santos, y el jefe de las FARC, Rodrigo Londoño (‘Timochenko’), firmaron en Cartagena el histórico acuerdo para acabar con 52 años de confrontación armada. Usaron un ‘balígrafo’ (una bala convertida en bolígrafo) para rubricar este pacto que para entrar en vigor deberá ser ratificado por los colombianos en las urnas el domingo. Han transcurrido casi cuatro años de diálogos que finalmente produjeron este acuerdo refrendado por 2.500 invitados vestidos de blanco, entre ellos 15 presidentes, el rey Juan Carlos de España, los secretarios generales de la ONU, OEA y otras organizaciones multilaterales y, evidentemente, la presencia del Secretario de Estado de EE.UU.

Inmediatamente, el expresidente Álvaro Uribe, en una entrevista a un canal chileno, lanzó una tremenda diatriba en contra de este acuerdo de paz llamando a los colombianos a votar no en el referéndum. Su razonamiento concuerda con la posición radical de la extrema derecha internacional que no acepta que es preferible una negociación imperfecta de paz, que una excelente guerra. Es cierto que esta guerra que empezó hace cinco décadas como una demostración marxista en contra del sistema político se transformó con los años en un conflicto sangriento para apropiarse de los recursos de este rico país. Los militares, paramilitares, guerrillas, élites domésticas y actores internacionales buscaban tenazmente el control de sus inmensos recursos legales y no legales y todos han cometido graves violaciones a los derechos humanos. 

Las FARC y otros movimientos de este tipo se han financiado mediante el secuestro, la extorsión, el tráfico de drogas y la protección a los narcotraficantes, por lo cual, en lugar de ser una alternativa revolucionaria, llegaron a ser otro grupo armado violento. Y eso es lo que queda todavía latente. ¿Qué va a pasar con el Ejército de Liberación Nacional (ELN), que es el segundo grupo armado y también los paramilitares? Son grupos que se iniciaron también en los años 60 y que eventualmente entrarían en un compás de espera para ver qué pasa con este acuerdo. En realidad el problema en Colombia no termina todavía y tampoco su letal influencia para sus vecinos. Sin embargo, debemos optar por la paz y tener fe en ella. (O)

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