Fiestas al ‘Taita’ Imbabura

- 08 de junio de 2017 - 00:00

Nuestros antepasados empezaron a leer la inmensa cartografía de las estrellas antes de escribir en la arena. Desde todos los confines, subidos en montes y atalayas, los antiguos astrónomos -que también eran magos- descubrieron la ruta de las constelaciones y calcularon, con sorprendente exactitud, el calendario de los solsticios y equinoccios.

Estas destrezas se tradujeron a la hora de la siembra y la cosecha, cuando -después de ser nómadas- pasaron a aprovechar la agricultura. Una época importante fue el solsticio de junio -a Imbabura, por estar en el hemisferio norte, le corresponde el solsticio de verano-, donde el agradecimiento a la Madre Tierra por los dones recibidos aún pervive en una fiesta que, aunque tiene muchos nombres, posee un símbolo: la fecundidad. Además del agradecimiento al dios dador de vida, por el agua, el ‘Taita’ Imbabura y la ‘Mama’ Cotacachi.

Esta celebración solar no es exclusiva de los incas, como parecen creer quienes alientan esas reminiscencias olvidando que los caranquis -señorío étnico que construyó más de 5.000 tolas desde el Valle del Chota a Guayllabamba- poblaron estas tierras y florecieron desde el 1250 al 1550 de N.E., antes de las sucesivas invasiones de los cuzqueños y españoles, en el siglo XVI. De allí que el término Inti Raymi

-por lo demás declarado patrimonio en Perú- acaso no sea el mejor nombre para estas festividades que, para Imbabura, implican las deidades del tutelar monte Imbabura, dador de agua, así como cascadas, vertientes, ríos y árboles.

Carlos Coba Andrade, en Persistencias etnoculturales en la fiesta de San Juan en Otavalo, en Sarance, 20, del Instituto Otavaleño de Antropología, señala: “La fiesta del Solsticio de junio tiene orígenes antiquísimos, antes de la breve presencia incásica y la posterior colonización española. El culto al Sol no fue exclusivo de los cuzqueños, como se demuestra en la cultura de la Tolita y sus máscaras solares. El otro elemento es que el agua se configura en sagrado, como las vertientes conocidas como pugyu cuna, a las que se ofrenda con frutas y claveles rojos; las cascadas o pacchas son poseedoras de poderes sobrenaturales, a las que acuden los líderes conocidos como aya uma cunas”.

Obviamente, una fiesta no es estática y con la llegada de los nuevos dioses católicos, estos se incorporaron incluso con sus propios santos. Los así llamados sanjuanes han enriquecido con sus particularidades, presentes en las niñas que cantan loas subidas a caballos con cintas de colores y estrellas de oropel. La fiesta del Solsticio, además, es un ritual donde se evidencia la transformación de estas sociedades microrregionales no exentas de principios de reciprocidad y redistribución, donde los priostes se confunden con los aya humas.

Sin embargo, en lo profundo del Jatun Puncha, como también se llama, sobrevive uno de los elementos que modificaron la historia de la humanidad: el fuego. No es descabellado dar un nombre: Nina Raymi, Fiesta del Fuego. No hay que olvidar que desde todos los orbes se encendían fogatas ante el temor de que el Sol se alejara de la Tierra. (O)

 

 

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