Jueves, 21 Septiembre 2017 00:00 Columnistas

Envidiópolis

Jorge Núñez Sánchez - Historiador y Escritor

Así la renombró José María Vargas Vila a Bogotá, para significar que esta ciudad era, en su tiempo, una urbe carcomida por la envidia de unos contra otros. Pero a veces hallamos que nuestra propia ciudad merecería tal nombre.

La envidia es la más vergonzosa de las pasiones humanas, al punto que el envidioso evita reconocer su condición, aunque por dentro se remuerde, se acongoja y se descompone cada vez que alguien alaba a su rival o simplemente lo menciona. A veces, el envidioso ya no puede contener esa pasión que lo carcome interiormente y se desata en ofensas, críticas mordaces o amargas referencias a su víctima, todo ello sin sentir el menor remordimiento.

Naturalmente, la envidia de unos está motivada por el éxito de otros. Mientras eres un miembro más del grupo y vas al mismo paso que los demás, todo resulta bueno y sano. Pero si aceleras el tranco, destacas en algo, recibes un aplauso o te conceden un premio, ya está servida la mesa para el plato amargo de la envidia. El colega se retuerce internamente, el que andaba próximo toma distancia, el que te fingía admiración se pone verde cuando te ve y hasta algunos viejos amigos empiezan a aderezar con bilis sus comidas.

Hay envidias de todo tipo. Este envidia al otro su riqueza, el cargazo que ocupa, la bella e inteligente mujer que tiene, el auto de alta gama que conduce. El tímido envidia a los que hablan vibrantemente y con soltura. El mal escritor envidia al que escribe bien y el buen escritor envidia el éxito económico del plumífero oportunista. Pero no es cierto que los artistas tengan un ego agigantado y se envidien mutuamente entre ellos, porque lo mismo sienten los hombres de negocios ante el éxito ajeno; lo que pasa es que las envidias de negocios se remedian con dinero, mientras que el prestigio artístico o la fama intelectual son intransferibles y, a veces, insufribles.

También hay envidias históricas. Cierto día, un Director de la Academia Nacional de Historia preguntó quién deseaba dar un discurso en homenaje a monseñor Federico González Suárez. De inmediato se ofreció un culto jesuita, quien, llegado el día, pronunció un largo discurso denostando sostenidamente al homenajeado… Otro sacerdote, que estaba a mi lado, me comentó al oído: “Lo dicho es pura envidia. Este nunca será un historiador del nivel de González Suárez”.

En su propio tiempo, González Suárez sufrió el ramalazo de la envidia y hasta del odio, venidos en general de gente de Iglesia. Su mayor envidioso y odiador fue el obispo de Pasto, Ezequiel Moreno Díaz, quien lo enjuició ante el Vaticano por una disputa administrativa y convirtió el asunto en una disputa ideológica contra el quiteño, a quien acusó de ser liberal y amigo de liberales. Y cuando Roma dio un veredicto a favor de Moreno, éste y los suyos lo celebraron como una glorificación. Pero, poco después, el Vaticano nombró a González Suárez como Arzobispo de Quito y eso terminó por carcomer de envidia a su rival, que a poco murió de un cáncer al estómago.

Pero la envidia, ese defecto que alguien ha llamado desvirtud o antivirtud, es para otros un motivo de progreso humano y un motor para la propia superación personal. El filósofo uruguayo Carlos Gurméndez, en su Tratado de las Pasiones, sostenía que la envidia animaba, desde su fea orilla, el progreso y los deseos de superación de muchas gentes, porque, de no haber la envidia, se preguntaba ¿cuál sería el estímulo para la emulación, para el deseo de ser igual o mejor que otros? (O)

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