Miércoles, 15 Marzo 2017 00:00 Columnistas

El tan ignorado bien común

Lucrecia Maldonado

Una de las más exactas descripciones que se hace de la actual campaña electoral es la de que es ‘sucia’. ¿Qué significa esto? Simple: significa que el juego no es limpio.

Es una campaña de mostrar trapos manchados, de mencionar actos de corrupción del pasado, del presente y del futuro, por un lado. De señalarse mutuamente todos los defectos posibles e imposibles, habidos y por haber. Y de proponer, en mucho, cosas que incluso para los votantes por momentos resultan absurdas.

Pero entonces, ¿cuáles deberían ser los parámetros para realizar una adecuada elección? Obviamente, hacer caso de todo lo que se dice en el fragor de la batalla no es la respuesta más adecuada. Este no es un momento de creer en ofertas a través de las cuales se pretende ganar votos. Tampoco es el momento de agarrarnos de todas las acusaciones, verídicas o no que se hacen entre sí los candidatos y sus respectivos partidarios.

Por otro lado, lamentablemente, es también el momento de los rumores, algo que en nuestra cultura tiene una fuerza insospechada y brutal. Han dicho que… y detrás de eso cabe el universo. Se difunden noticias que colindan con el absurdo. Se hurga en la vida privada de cada contendor hasta la quinta generación atrás para ver qué trapo sucio se encuentra, qué incoherencia, qué pariente psicópata o qué problema grave de comportamiento se puede exhibir.

Sin embargo, hay un par de cosas que sí ayudarían a definir un voto más allá del prejuicio, la leyenda urbana o la chismografía local, y es observar en primer lugar la obra que puede mostrar cada participante en la contienda. ¿Qué respalda sus afirmaciones actuales? ¿Qué acciones sostienen sus ofertas y promesas? Esa primera pista nos puede dar ya señales de lo que nos esperaría en caso de ganar uno u otro.

La otra pista es observar quiénes persiguen el bien común y quiénes satisfacer sus agendas particulares. Y esto sirve sobre todo a los partidarios. Ya lo dijo el mismo Guillermo Lasso, en un video ampliamente difundido a lo largo de esta campaña: él no se ve, no se siente bien ‘de la mano’, ‘del brazo’ de Carlos Pérez Guartambel, salvo, tal vez (y es él quien lo dice) ‘para ganar una elección’, lo cual implica que, después de ganada, si ese fuera el caso, se soltarían en seguida y cada uno se convertiría en enemigo del otro. Lo que importa es hacerse con el poder, después, ya se verá, posiblemente volvamos al mismo zafarrancho ideológico que nos llevó a tener siete presidentes en diez años. O a la salida forzada de un millón de ecuatorianos a diferentes destinos por todo el mundo.

Una sabia tradición dice que en el bien común, aunque para élites y los privilegiados signifique algunas renuncias, todos estaremos mejor. Sin embargo, parece una tarea imposible aceptar algo tan simple. Muchos de los movimientos y partidos detractores del Gobierno están resentidos porque no se satisficieron sus agendas particulares. En un país en donde nadie es capaz de renunciar a su parcela de beneficios, el ignorado bien común seguirá siendo relegado en aras de intereses espurios y falsos. Y eso, en últimas, no le conviene a nadie. (O)

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