El pecado de la soberanía

- 28 de Agosto de 2017 - 00:00

Si la política pudiese anticiparlo todo, no habría nada que disputar y el mundo no sería más que una cosa inerte y sin sentido. El sentido mayor de la política es y será la disputa permanente sobre el mundo de creencias y representaciones que los individuos y la sociedades hacen de sí mismos y de los los demás o de los que consideran que son los otros, los opuestos, diferentes e incluso sus enemigos.

Por eso no debe sorprendernos que lo que hace 10 años se encendía como una antorcha de rebeliones y deseos manifiestos por diferenciarse con el pasado miserable, por reivindicar la capacidad propia de ser diferentes al oprobio generalizado, hoy nos parezca poco importante, carente de sentido o irrelevante. Hace 10 años, cuando se hablaba de soberanía, las pasiones se encendían y se reclamaba colectivamente que los propósitos de las mayorías sean respetados. La soberanía lo envolvía todo. Las mayorías contra unos pocos que hicieron del país su mayor festín, sin vergüenza alguna. Soberanía era el clamor de que la voluntad de las mayorías tuviese sentido y fin.

Que la palabra se haga realidad, aunque esas propias mayorías sintieran miedo a la incertidumbre, pero ya no había nada que perder. La soberanía se convertía en el derecho de decidir lo que queríamos, aunque ese querer, en cuanto al cómo hacerlo, no era del todo claro, y no tenía que serlo porque no se puede anticipar la realidad.

10 años después la soberanía parece que se ha reducido a lo que un país dice de sí mismo frente a otro o frente a lo que le pasa a otro país. La soberanía propia, inherente al ejercicio de la política, nuevamente se ha moralizado y eso no es ni bueno ni malo. La política como tal no es ni buena ni mala, porque como tal carece de moral, porque posee ética. Para algunos es confuso esto. Tiene ética porque su razón radica en el movimiento de la voluntad popular, de las mayorías frente a las minorías.

Carece de moralidad porque no se fundamenta en valores absolutos, por el contrario, reclama para sí el legítimo derecho soberano de emanciparse de lo que crea. Moralizar la política es bien fácil porque siempre se puede acusar a otro de que es el que carece de valores o que atenta a los valores supremos de la sociedad. La política posee ética porque se reclama a sí misma la necesidad de la reflexión y la acción para confrontarse y verificar si lo que dice que es, es verdad o ficción. Entre lo uno y lo otro la insensatez puede albergar a los mejores espíritus. Lo que fue un don, hoy puede parecer un pecado. La propia política necesita tiempos confusos para redefinirse. Los pueblos se levantan, como también se derrotan a sí mismos, cuando se abandonan a la voluntad de terceros. Y siempre el poder y su sombra nos persigue a todos. Todos poseemos esa sombra que nos iguala.

Muchas veces la confusión puede ser tan sana, para sacarnos de encima cualquier forma de santificación humana. A veces ganando perdemos, pero cuando perdemos, lo perdemos todo. No hay que temer a la política ni permitir que le temamos. Los actos de valentía, de honor y disputa siempre son bienvenidos porque eso demuestra que defendemos lo que creemos colectivamente y no dejamos de ejercer soberanía. Muchos dirán que es peligroso este juego, pero de esto se trata la política: correr el riesgo de perderlo todo, pero también el riesgo de ganarlo todo. Nada está dicho ni ganado, a ‘Dios gracias’. (O)