Martes, 08 Noviembre 2016 00:00 Columnistas

El destino de los difuntos

Víctor Mendoza Andrade

En la semana pasada, en la cual tradicionalmente tenemos un día para conmemorar a los difuntos, me han sorprendido los comentarios sobre la comunicación del Vaticano, en la cual se adoctrina sobre el destino que se debe dar a las cenizas provenientes de la cremación de nuestros deudos.

En el indicado documento titulado ‘Instrucción Ad resurgendum cum Christo’, redactado por la organización denominada Congregación para la Doctrina de la Fe, consta “no permitir la dispersión de las cenizas de los difuntos: en el aire, en la tierra o en el agua o en cualquier otra forma, prohibiendo la conversión de las cenizas en recuerdos conmemorativos, en piezas de joyería o en otros artículos”. Y va más allá: “En el caso de que el difunto hubiera sido sometido a la cremación y la dispersión de sus cenizas se realice en la naturaleza por razones contrarias a la fe cristiana, se le ha de negar el funeral”.

La indicada congregación justifica el drástico documento como reacción a las nuevas prácticas en la sepultura y en la cremación “contrarias a la fe de la Iglesia”, evitando con esta prohibición  cualquier “malentendido panteísta, naturalista o nihilista” con la práctica de la cremación.

Para evitar confusiones, me permito exteriorizar que soy creyente, respetuoso de las prácticas de otras religiones, mientras no signifiquen fanatismo ni la pérdida de los valores éticos de nuestra cultura. Así, por respeto, me he despojado de mis zapatos para visitar una mezquita y recuerdo cordialmente la celebración de la misa gospel, de los afroamericanos en la iglesia bautista de Harlem. Los participantes vestidos de gala entonaban sus himnos con tonos extraordinarios marcados por el electrizante ritmo de cuerdas y baterías.

La misa católica es el vínculo diario de la Iglesia con su auditorio y, desde que el sacerdote empezó a celebrarla de cara al público, ha logrado una gran integración humana con sus feligreses transfiriéndoles el sentido de lo divino con sus milenarias oraciones: el Padrenuestro (atribuido a Jesucristo) y el Credo (elaborado en los concilios ecuménicos: Nicea en 325 y Constantinopla en 381) transfiriendo con su mensaje un portentoso sentido conciliador, razón por la cual me sorprende el tono radical del comunicado del Vaticano ante una situación anímicamente sensible.

Marta, quien sentía una particular pesadumbre por las tumbas abandonadas, ya no está. Para su tránsito final eligió ser incinerada.

Sus cenizas las esparcimos en un pequeño lago que sigue el pulso de las mareas del mar cercano. Asistieron mis hijas y nietos, uno de ellos, una niña, de improviso entonó una canción vasca que de pronto todos los descendientes recordaron que Marta les había enseñado y acompañaron el estribillo de las estrofas.

Al terminar de dispersar las cenizas me entregaron la cajita (creo que con algún resto), la cual coloqué en un estante con mis libros de consulta diaria. He vuelto a reparar la presencia de la modesta cajita de madera a la luz de la severa advertencia del Vaticano y estoy seguro de que no la abandonaré en ninguna parte para que se convierta en una tumba olvidada. (O)

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