Miércoles, 31 Mayo 2017 00:00 Columnistas

El cuento es muy sencillo

Lucrecia Maldonado

Cuenta la fábula que en cierta ocasión un padre y un hijo, junto con su jumento, fueron a un pueblo cercano por ciertos asuntos. En el primer trecho del camino, el muchacho iba sobre el burro y el padre halaba de la cuerda. Los lugareños que toparon por el camino se reían, y en voz baja decían: “Qué tal, ¡qué muchacho tan desconsiderado y qué padre tan blandengue! El chico es joven, mientras el padre es ya mayor, él debería ir sobre el burro”. Al escucharlos, el padre y el hijo se avergonzaron y cambiaron de lugar.

Un trecho más allá, escucharon otra crítica: “Qué hombre tan egoísta: su hijo es todavía muy joven, no alcanza a caminar tan largo trecho a pie, debería llevarlo encima del asno para que no se canse mucho”. El padre, entonces, avergonzado, invitó al muchacho a subir con él sobre el lomo del animal. Así iban cómodos y tranquilos, y el animalito no daba señales de excesiva fatiga, cuando escucharon una nueva censura: “¡Qué par de crueles, cómo es posible que sobrecarguen de tal manera a un animal que solamente les presta servicio noblemente!”. Más avergonzados que antes, ambos descendieron del burro y entraron al pueblo de su destino caminando cada uno a cada lado del burro, entre las burlas de la población, que a carcajadas criticaba que hubieran llevado al pueblo un burro de paseo, desperdiciando la oportunidad de montarlo y aligerar un poco el cansancio del camino.

Solamente faltó que, en algún momento, ante las críticas y burlas de la gente, el padre y el hijo terminaran cargando entre los dos al burro para que nadie los criticara… y eso, lo sabemos, habría resultado mucho peor.  En el camino de complacer a todo el mundo, sobre todo a quienes se burlan, critican o censuran desde su perspectiva o interés, es frecuente que se pierda no solamente la autenticidad, sino también el ser y la esencia de las cosas.

Es cierto que durante diez años el expresidente Rafael Correa tuvo un estilo más bien confrontativo con ciertos sectores de la población, y que, si bien eso le ayudó a consolidar su mandato y a protegerse de una oposición artera y sin escrúpulos, sobre todo en su versión mediática, también pudo convertirse en un lastre y un inconveniente respecto de la búsqueda de consensos en ciertas circunstancias puntuales. Sin embargo, si el presidente Lenín Moreno comienza a pretender no quedar mal con nadie y satisfacer a quienes lo critican todo sin ninguna intención constructiva, ese exceso de conciliación puede volverse en su contra.

No debe olvidar que su triunfo, por estrecho que haya sido el margen, no se lo debe a la oposición, sino a quienes elegimos seguir con el proyecto de la Revolución Ciudadana, tanto en sus líneas generales como en su esencia filosófica y política. Es muy importante que, más allá de un estilo personal, que puede ser muy útil para restañar heridas y establecer puentes con la gente de buena voluntad (que la hay), el presidente Moreno tenga claro qué es lo negociable y qué no lo es.

Es necesario que comprenda en dónde no se puede dar ni un paso atrás, ni medio centímetro de paso atrás. Si bien no se le puede pedir, exigir, ni siquiera sugerir que sea igual a Rafael Correa, es muy posible que, sin dejar de ser él mismo, no solamente pueda tender puentes conciliadores, sino también sostener un proyecto que rescató este país de ser la vergüenza latinoamericana para convertirse en un referente mundial de transformación y cambio positivo a todo nivel.

Y si a alguien no le gusta… pues, que recuerde que por ese camino se puede terminar llevando en brazos a un semoviente ante las burlas de toda una comunidad. Y que eso, en últimas, no sería bueno para nadie, ni siquiera para la oposición, y menos para el país, que es la principal razón de ser del cargo que ocupa. (O)

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