Diálogo y tensión

- 07 de Julio de 2017 - 00:00

La palabra diálogo viene del viejo latín dialogus cuyo significado es ‘discurso racional’ o ‘logos del discurso’, este a la vez proviene de un vocablo griego que significa ‘a través de la palabra.’ Todo diálogo apela a la razón, a la palabra, al conocimiento, con el fin de llegar a acuerdos. Dialogar, en sus mejores términos, implica escuchar, intercambiar, acordar, consensuar, compartir, en el marco del respeto, el compromiso y la tolerancia con el otro. Es la forma más común y más antigua de resolución de conflictos y viene precedida por la sabiduría milenaria del pensamiento de filósofos griegos, como Sócrates, Platón y Aristóteles; y pensadores modernos, como Sartre, Camus, Paulo Freire, Bauman, Maturana, entre otros.

En la campaña electoral pasada uno de los caballos de batalla de Lenín Moreno fue la promesa del diálogo con todos los sectores sociales, incluidos aquellos que habían sido críticos y marcados enemigos de la Revolución Ciudadana (RC). Y una vez en la Presidencia institucionalizó el llamado al diálogo nacional a través del Decreto Ejecutivo 49, que colocó a este como política prioritaria de Estado, para que sirva como “un instrumento participativo para la concreción de acuerdos que permitan el fortalecimiento del mandato popular y la construcción de políticas que mejoren la gobernabilidad”. Con este fin se invitó a 250 representantes de diferentes sectores sociales del país, se instalaron siete mesas que discutirán 22 temas. Moreno se ha planteado como objetivo procesar estos acuerdos nacionales en los primeros cien días de su gobierno.

Ante esto surge la pregunta: ¿Lo logrará? El diálogo es positivo, siempre y cuando exista disposición y buena voluntad entre las partes. Siempre que se depongan los intereses gremiales, clasistas, empresariales, particulares, en beneficio del bien común. Siempre que no se impongan agendas, requerimientos ni condicionamientos al diálogo. “El diálogo no impone, no manipula, no domestica, no esloganiza”, sostiene el maestro Paulo Freire. Porque Moreno ha sido reiterativo en sus afirmaciones: “El diálogo es el único camino para resolver, para acordar, para vivir en paz”.

Esta firme voluntad política manifestada por el Mandatario ha obtenido el aplauso de unos, la crítica de otros, que ven como chocante que se reúna con aquellos líderes de la oposición que unos días antes lo infamaban e insultaban públicamente y que han hecho todo lo posible para destruir la imagen de logros de la RC. Otros han calificado como ingenuidad o debilidad su posición de acercamientos y de extender la mano, acostumbrados a una política más dura y confrontativa.

Lo cierto es que constituye un hecho histórico nacional que un mandatario en el poder llame a conversar a sus más connotados enemigos ya derrotados en las pasadas elecciones. Las últimas encuestas de Perfiles de Opinión muestran que el 65% de los quiteños y el 62% de los guayaquileños apoyan el diálogo nacional. Trae una sorpresa: el 44% de los que votaron por Lasso apoya a Moreno y se mantiene una línea dura correísta del 30%. Lo que confirma que en las pasadas elecciones el voto auténtico de Lasso fue solo ese 28% de la primera vuelta.

El diálogo es altamente positivo, pero entraña sus riesgos. Habría que pensar con quiénes estamos dialogando, cuáles son sus intereses, qué esperan ellos del diálogo.

¿Estarán dispuestos a ceder en beneficio de las mayorías? Hay una década de grandes logros sociales de Ecuador reconocida por el mundo entero y por organismos internacionales. Dialogar no puede significar echar atrás lo ganado en la obra social, ni que se quiera debilitar el papel del Estado, ni derogar leyes aprobadas por la Asamblea con amplio consenso popular. Todo es perfectible, todo se puede mejorar y superar, pero en lo que no se puede retroceder es en los principios y en los derechos ganados por los ciudadanos. Y en ello también ha sido claro el presidente Lenín Moreno. (O)