Miércoles, 21 Septiembre 2016 00:00 Columnistas

Delfín

Lucrecia Maldonado

Delfín no significa lo mismo que Benjamín, eso lo sabemos. Delfín, en todo caso, era el hijo heredero del trono de Francia, antes de la Revolución, es decir, un príncipe. Y en nuestro pequeño mundo, Delfín Quishpe es un cantante de piezas que en su mayoría podrían calificarse como tecnocumbia. Su primer éxito, ‘Torres gemelas’ pecaba de un par de cosas, a saber: una música algo inferior a simple y un manejo del lenguaje bastante más grave que cuestionable.

Sin embargo, causó furor. Bueno, un furor compuesto por una variopinta mezcla de sentimientos de inferioridad, sentido crítico, vergüenza ajena, racismo y sal quiteña o de otros lugares del país. Con aquel ‘éxito’ consiguió resultados inéditos de visitas en YouTube, así como innumerables pulgares arriba y pulgares abajo.

No cultiva precisamente la música que una escogería para ir escuchando mientras conduce por la congestionada y apabullante Quito de los tiempos del alcalde Rodas. Cuestión de gustos. Pero ahí está, y está al servicio de algo, obviamente, porque ahora, en estos tiempos en que la corteza terrestre de por estos lares ha decidido reacomodarse, ha puesto a nuestra disposición nada menos que un cover de la famosa canción de Soda Stereo, ‘Cuando pase el temblor’.

Entonces la gente ecuatoriana de las clases medias rockeras salta a escena presa de la más enfermiza indignación. ¿Por qué? La versión de Delfín Quishpe es una versión común y corriente de la famosa canción de la mítica banda argentina. Como diría alguna dama quiteña de mediados del siglo XX, ni linda que encante ni fea que espante.

Con la un poco atormentada musicalización de la tecnocumbia, en la que parece que los músicos se atrasan a algún evento más importante, o… en fin. Pero la gente se indigna. Los fanáticos quiteños de Gustavo Cerati se duelen de que la canción de su ídolo, que en paz descanse, y que tenía un tipo europeo deslumbrante de belleza (o de lo que la cultura occidental cataloga como tal), ahora esté en labios, gestos y bailes de un hombre pequeñito, de rasgos prehispánicos, más bien gruesito y de piel morena.

Hay quien se lamenta de que “nos hace quedar mal”… ¿en serio? Yo diría que nunca nos hará quedar tan mal como, por ejemplo, Mauricio Macri, que todo el tiempo hace quedar pésimo al 51% de argentinos que votaron por él.

¿Por qué nos avergüenza Delfín Quishpe? ¿Porque no es ‘lindo’ como Cerati? ¿Porque siendo indígena se atreve con una canción cuyo compositor tuvo un apellido que sonaba a italiano? ¿Porque usa un pintoresco traje que se dice que se lo plagió a otro cantante de música autóctona? ¿No será más bien que refleja, como un espejo, aquella parte de nuestra identidad que consuetudinariamente nos hemos negado a aceptar y reconocer? ¿No será que nos recuerda nuestros genes indígenas, de los que tanto hemos renegado muchísimos ecuatorianos a lo largo de toda nuestra historia de mestizaje?

Lo más ‘foco’, como dirían los jóvenes para referirse a algo que es desconcertante y llamativo a un tiempo, es que, mientras en nuestro país la gente se dedica a hacer mofa o a desgarrarse plañideramente las vestiduras en medio de memes y sesudos comentarios, otro músico argentino de la banda Soda Stereo, de seguro blanco, guapo, y del mismo tipo europeo que Gustavo Cerati, sale en defensa de Delfín. KO en el arribismo. ¿Qué le pasa a este? Y… diríamos que nada, que él está en lo correcto. Lo que tenemos que preguntarnos y respondernos de urgencia es: ¿Qué nos pasa a nosotros? (O)

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