Viernes, 14 Abril 2017 00:00 Columnistas

De la boca de Spicer

Sebastián Vallejo

La política de Trump es peligrosa e impredecible. Eso no es noticia. Con cada tuit nos acerca un poco más al holocausto nuclear. El personal que ha reunido para dirigir los diferentes sectores demuestran ese peligro y los extremos de donde ha tenido que reunir a gente que esté dispuesta a trabajar para él. Está la secretaria de Educación que no cree en la educación pública. Está su (muy posiblemente ex) jefe de Estrategia, una posición creada por Trump, Steve Bannon, quien fuera hasta hace un año director de Breitbart News, un medio que auspició a la alt-right y el nacionalismo blanco.

Está su yerno, Jared Kushner, que haciendo uso de la vieja acrobacia legal, pudo sortear las leyes sobre nepotismo y ser parte del equipo de Trump en la Casa Blanca. El que se lleva la palestra esta semana es Sean Spicer, director de Comunicación de la Casa Blanca, mejor interpretado por Melissa McCarthy en Saturday Night Live. Antes de adentrarnos en la particularidad de Spicer y sus deslices orales, especialmente el de la última semana, es importante poner en contexto la función del Director de Comunicación, la principal, comunicar diariamente a la prensa lo que está pasando en la presidencia. En una sala frente a reporteros de los principales medios de comunicación, el Director de Comunicación responde preguntas mientras procura perfilar el mensaje que se quiere mandar desde el Ejecutivo. Para efectos prácticos, estas ruedas de prensa tienen poco impacto político. Lo que por lo general han buscado los directores de Comunicación es no hacer noticia, manejarse muy a la defensiva.

Los temores sobre la restricción de los medios en la era Trump parecen no trasladarse a la sala de conferencias. Spicer ha sido bastante justo al momento de aceptar preguntas de diferentes medios, aunque hay algunas quejas sobre su preferencia por aquellos controlados por Rupert Murdoch. También ha excluido a ciertos medios de ruedas de prensa específica y en ocasiones ha decidido apagar las cámaras, comportamiento errático y autoritario, sin duda, pero tampoco es la distopía trumpiana (aunque hay todavía tiempo para eso). Pero lo que más resalta de Spicer es su actitud frente a la prensa. Lo que siempre fue visto como un lugar para que los medios confronten a la administración, se ha convertido en un podio para que Spicer confronte a los medios. Preguntas incómodas son respondidas con tonos alzados, repreguntas son interrumpidas, y muchas veces suele salirse por la tangente, enumerando los pecados de los medios, que son muchos, pero que no es ni el lugar ni el momento para expresarlos.

Todo esto se confronta con la otra realidad, que la administración de Trump vive en lo que que ahora llamamos a la mentira: vive de la pos-verdad. Y Spicer es el portavoz de esta posverdad. Lo que significa que constantemente miente a la prensa para defender un tuit de Trump, quien bien puede cambiar de parecer dos horas después. Si esto no hiciera su trabajo de por sí difícil, también está su propia naturaleza, no solo la de intolerante y autócrata, sino la de insensible y poco elocuente.

El martes, Spicer sugirió que el presidente de Siria, Bashar al-Assad (a quien llamó “Bashad al-Assad”), era culpable de actos mucho peores que los de Hitler, afirmando que Hitler nunca usó armas químicas. Spicer, al parecer, se olvidó de las cámaras de gas en los campos de concentración, o como él los llamó “centros del Holocausto”. Y así Spicer violó lo que debería ser la primera ley del periodismo: nunca compares algo con el Holocausto, y a alguien con Hitler.

Entonces lo que queda es la voz de la administración, el interlocutor entre Trump y la prensa, en las manos de alguien tan errático como el presidente al que sirve. Lo que termina alimentando la desinformación de una administración que está jugando temerariamente con la paz mundial y cuyo único límite es, al final del día, los votantes. Y por ahora, el mensaje a los votantes está llegando de la boca de Spicer. (O)

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