De Correa a Moreno: ¿continuidad en lo discontinuo?

- 30 de Junio de 2017 - 00:00

La cuestión de la mismidad y la otredad es fuertemente filosófica: ¿cuán diferente ha de ser una cosa de otra, para pertenecer a otro tipo u otra clase de cosas? Si ya con la existencia de una mínima diferencia de un objeto con otro se trata de dos objetos diferentes, ¿no será que la palabra ‘diferente’ dice demasiado poco, pues no puede calificar la cantidad e intensidad de las diferencias existentes, ni apreciar la posibilidad y vigencia de similitudes entre esos diferentes?

De tal modo, afirmar que Moreno es diferente de Correa es afirmar una obviedad. La cuestión es cuán diferente sea, o qué márgenes de continuidad existen en esa diferencia. Han aparecido, en este primer mes de ejercicio del nuevo presidente ecuatoriano, diferencias claras con su antecesor: el abandono de los enlaces semanales, la apertura a reuniones con líderes opositores, el mayor peso otorgado a la palabra de miembros del gabinete.

Pero, ¿es esto, necesariamente, una modificación fuerte en cuanto al programa político de Alianza PAIS? Podría serlo, pero probablemente no lo es. También hay continuidades: tanto en programas de apoyo social como en la designación de ministros que ya lo fueron durante el gobierno anterior. O acciones que son discontinuas con el último Correa, pero afines con el anterior, como acercar a antiguos miembros de Alianza PAIS que se habían alejado.

Sin embargo, en el elogio interesado de su autonomía (o, lo que es lo mismo, en el presunto peligro del peso político que pudiera guardar el presidente anterior), sectores del conservatismo opositor guardan una esperanza: que con el cambio de estilo, hubiera también un cambio en las finalidades del accionar del gobierno. Que con las formas, cambie el contenido. Que con el diálogo, se diluya la capacidad del oficialismo para impulsar sus propias finalidades. Que con un presidente que es elogiado por la posibilidad de concentrar menos poder, se apunte a minar la capacidad decisoria del Ejecutivo, y a que este pudiera renunciar a su capacidad -o cuanto menos atenuarla- de transformación social en favor de los desposeídos. Es decir: hay quienes apuestan a transformar a Alianza PAIS en un partido más dentro del sistema liberal que es hegemónico a nivel planetario. Y los más de los que así apuestan están fuera de la alianza gubernamental.

Pero cabe advertir del nuevo presidente el hecho de que fue en su momento vicepresidente de Correa, y que tiene larga militancia en el movimiento que aquel fundó; fundador a quien Moreno reconoció explícitamente en su ceremonia de asunción de mando. Por ello, bajo todas las diferencias con su antecesor, legítimamente sostenidas, cabe albergar la continuidad básica en torno de una sociedad más igualitaria, con más derechos colectivos asumidos, con una posición regional progresista, con autonomia frente a los grandes poderes mundiales.

La cuestión filosófica de la continuidad en lo discontinuo, o de la diferencia en la identidad, podría así encontrar respuesta práctico-política valiosa y sugestiva; se mantendrían los grandes logros de los períodos gubernamentales de Correa, mientras se podría asumir algunos nuevos y reencantar a sectores políticos que se habían alejado del oficialismo; y se asumiría una nueva relación con la oposición, sin abdicar de la dirección del proceso político que corresponde a quien detenta el Ejecutivo.

Es una enorme posibilidad histórica, no exenta de dificultades y peligros, donde ciertos elogios opositores no son hechos a la singularidad del nuevo gobernante, sino a la ilusión de acabar -desde el rechazo al expresidente- con las políticas que en la última década se llevaron a cabo. (O)

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