Corrupción

- 05 de enero de 2017 - 00:00

La idea del mal atraviesa casi todos los tiempos y está presente en la mayor parte de las culturas. Ella dibuja el límite máximo de lo que el individuo y la sociedad pueden tolerar para no poner en riesgo la reproducción de la especie. Lucifer es un símbolo convencional del mal que aparece en casi todas las religiones antiguas; llega a ser reconocido incluso por los agnósticos. Representa la muerte sin resurrección, lo inhumano, el vacío incoloro, donde nada es posible. Con su cosquilla enajenadora y corruptora; su carcajada epiléptica y sicodélica, un Lucifer neoliberal tienta en los nuevos tiempos a los vivos, prometiéndoles el reino de la libertad sin fin, sin forma, contenido ni límite. Se suele decir que la corrupción, como instrumento del mal, ha existido siempre, desde la época de la antigua Roma.

Cierto, desde tiempos inmemoriales en Occidente se transgredieron normas en busca de poder y riqueza, sin embargo, estamos frente a un fenómeno diferente. La corrupción actual es la realización del principio neoliberal, que promueve la libre circulación y acumulación del dinero, sin obstáculos legales ni límites éticos. Es una lepra y una práctica cínica, para la apropiación del capital económico social administrado por los Estados, por parte de fracciones corruptas de las burguesías nacionales, que creen beneficiarse con el capital robado, aunque la mayor utilidad se queda en países especializados en lavar el dinero sucio. Desde los grandes centros de poder mundial se acosa -sobre todo- a América Latina, para extraer el capital económico social y llevarlo a países que han vivido de ese negocio inmoral; blanquean y funcionan como conectores especulativos.

Vivimos tiempos posmodernos, en los que parecen diluirse los antiguos valores religiosos y los valores de la Modernidad, inherentes al laicismo, humanismo y socialismo, para dar paso a la anarquía total y gelatinosa, donde no hay límite entre el bien y el mal, porque todo debe ser permitido en nombre de la libertad mercantil y el libertinaje de los cuerpos convertidos en mercancías-consumidores. La corrupción globalizada se posesiona en cada individuo no social, los antivalores superiores de la acumulación, el cambio y la especulación, para beneficiar la expansión del capital sin que medie el trabajo. Hasta ahora hemos creído que el neoliberalismo era solo una ideología que buscaba diluir el Estado de derechos para beneficiar la acumulación del dinero en grupos históricamente poderosos.

Pero la mala noticia es que se estaría generalizando en gran parte de la población la noción de que la apropiación del dinero sin trabajo es natural, independientemente de la forma como se lo consiga: vendiendo cualquier tipo de mercancía, incluyendo las nocivas (droga y trata de blancas); jugando, especulando, lavando dinero, entregando o recibiendo coimas, y todo lo que logre la obtención de capital y su reproducción con el menor esfuerzo. La enfermedad de la corrupción luciferiana cala en todos los estratos sociales, impulsada por la fuerza del capitalismo y la práctica cotidiana del neoliberalismo, que logra la naturalización de conductas sin brújulas éticas.

Contra el Lucifer neoliberal no basta la educación instrumental y técnica. Para enfrentarlo hay que rescatar y repensar la noción de lo social, lo humano y el humanismo, cuyo sustrato es el amor por los demás; el ejercicio filosófico cotidiano, el arte no mercantilizado y la apropiación del valor superior del bien y la vida. Si por una parte difundimos valores sociales y por otra parte impulsamos el valor del cambio, como valor superior, la batalla será perdida. El designio es contra el sistema, a favor de las ideas y valores de la vida. Lucifer neoliberal, cínico, corrupto y corruptor dejó el submundo, está entre nosotros. Debemos librar batalla contra esa sanguijuela. (O)

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