Lunes, 13 Marzo 2017 00:00 Columnistas

Capital, poder y banca

Werner Vásquez Von Schoettler

Hace varios años dijimos que quien crea que el neoliberalismo había muerto, cometía un error de interpretación. El neoliberalismo no es un simple problema de perspectiva económica o de políticas públicas reduccionistas a beneficio del mercado. El neoliberalismo es un sistema completo, sobre lo que es el mundo, el ser humano y sobre lo que debe ser ese mundo y la humanidad. La manera más común de vivirlo ha sido por los efectos perversos de provocar pobreza y miseria en las mayorías. El neoliberalismo es una concepción dogmática del mundo moderno. Se considera como la corrección del liberalismo humanista. De principio sus concepciones sobre el origen de la vida disputan los avances científicos de la biología, la genética, la física. Su núcleo dogmático es un naturalismo no natural, el creacionismo, o como lo conocen en Estados Unidos, el llamado diseño inteligente. Ese dogmatismo naturalista se centra en poner el hacer y el pensar humano, no en manos de las personas o la acción colectiva, sino en lo que antes se conocía como predestinación, es decir, que tienen ‘una misión’, salvar al mundo de cualquier idea, acción que ponga en el centro al ser humano y su bienestar. Cuando hablan de libertad, no solo piensan, sino que sienten que la misma es realizable en medida en que el capital tiene menos ataduras: estatales, mentales, culturales. Cuando ese capital puede moverse sin límites, pero limitado en su posesión en pocas manos, en manos de los ‘elegidos’, aquellos -según ellos-que han triunfado en la vida. En consecuencia, el poder es algo que no se puede elegir, está dado y es para algunos pocos. La máxima expresión de ese poder y su capital es el dinero. El dinero se convierte en la máxima objetividad de la razón de vida. No es cualquier cosa. El dinero y los precios se convierten en lo palpable de la vida social: éxito, deseo, conquista, reconocimiento, distinción. Según el fundamentalismo neoliberal, la libertad es realizable en medida en que la persona reconoce las diferencias, su diferencia frente a los que le serán siempre siendo superiores. Cualquier otro modo de pensar-actuar viola el orden natural. Por eso atacan cualquier forma de diferencia y reconocimiento positivo. No aceptan las diversidades sexuales o las luchas por la equidad y la igualdad de género. No aceptan que haya derechos fundamentales garantizados, como los servicios básicos, o que la salud, la educación sean gratuitas. Esos derechos contradicen sus dogmas de que la diferencia existe para que los mayores propietarios administren la vida de los no poseedores. Es una lucha histórica entre propietarios y no propietarios. Propietarios de medios de producción, obviamente. Propietarios de los sistemas de intermediación del dinero: bancos. Se oponen radicalmente a lo público -que no solo es lo estatal- porque disputa su mundo privado. Si alguna imagen tienen de lo público es que sea a imagen de su mundo privado.

En Ecuador, hace 3 años hubo una fusión entre el viejo gamonalismo y la emergencia neoliberal: la herencia de la mentalidad hacendataria. Se destruyó el sistema hacendatario, pero su mentalidad, su simbología, su sistema político pervive en las élites bancarias. No entienden la democracia ni la participación. Fueron fieles seguidores de las dictaduras y hoy siguen llamando a que los militares intervengan. Por eso votar en elecciones siempre es votar por la vida, por el futuro, y no por el pasado. (O)

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