Camino, no se hace al andar

- 31 de marzo de 2017 - 00:00

Estábamos con mi esposa en Costa Rica; queríamos ir al norte del país a ver las abiertas erupciones de uno de sus volcanes. Es un territorio pequeño: estábamos a ‘solamente’ 150 kilómetros. Y nos dijeron que tomáramos por un camino... que en verdad no era un camino.

Era un paisaje lunar; de tierra -es decir, sin asfalto-, con enormes agujeros producidos por las constantes lluvias, uno al lado del otro, sin final, sin espacios lisos y sin descanso posible. Un horror. Nos preguntábamos cómo alguien se atrevía a llamar a eso ‘camino’. En una alquilada camioneta 4x4 lográbamos un promedio de avance de entre 8 y 10 kilómetros por hora, casi igual que ir caminando. Hubo que dormir en un pueblito cualquiera, en alguna posada encontrada por casualidad. Sin ella, debiéramos haber pasado la noche casi a la intemperie, desacomodados dentro del vehículo.

El camino, el viaje, son espacios para el goce y la imaginación. Pero solo cuando son transitables, cuando se puede recorrerlos. También Ecuador tenía una situación de ese tipo hace algunos años: difícil recorrer el páramo o el camino a la selva, sin que hubiera desmoronamientos de terreno, anegamientos, desbordes de cauces que impedían el paso. En un territorio no tan extenso (pero sí muy accidentado) como es el de Ecuador, a muchos sitios había que ir en avión, o dejar de ir. O, en todo caso, asumir el riesgo de la inseguridad y la demora.

Y es mucho lo que se juega en el transporte. La llegada de las mercancías a todas las poblaciones, la posibilidad de encontrarse con familiares y amigos, el acceso a un hospital en una emergencia de salud. No es solo el disfrute y el paseo, legítimos y valiosos por sí mismos; también el acceso a bienes y servicios imprescindibles. Casi todos, de niños, hemos jugado con autos y camiones -muy costosos o no, según nuestro sector social-; y ellos siempre han despertado las mejores fantasías infantiles. El camino es un deseo vital en nuestro imaginario, y nos ha acompañado toda la vida. Y es bueno que los caminos sean realmente tales, permitan llegar, faciliten hacerlo en un plazo previsible.

Volví a Costa Rica hace poco tiempo, y en buena medida se había resuelto el problema. Y ha sido una satisfacción advertir lo mismo en Ecuador. Son logros que mejoran la vida cotidiana de todos; que nuestros pueblos latinoamericanos saben apreciar, y que nunca llegan simplemente por casualidad, sino porque hay quienes se han ocupado de mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos. (O)