Jueves, 25 Mayo 2017 00:00 Columnistas

Bienvenido, presidente Moreno

Jorge Núñez Sánchez - Historiador y Escritor

Reciba usted mi saludo de ciudadano y de compatriota. Usted llega a la primera magistratura del Estado con el respaldo de una vida limpia y honorable, en la que el ramalazo de la tragedia fue superado con buen humor y nobleza de espíritu, para luego ceder paso a los nobilísimos empeños de servicio a los más humildes y necesitados.

Lo que es más: usted llega al poder constitucional en hombros de la esperanza masiva de todo un pueblo, que ha visto ya sus ejecutorias de hombre público y se ha cobijado hoy bajo su abrazo, su generoso y protector abrazo de estadista.

Gracias a un ejemplar proceso democrático, usted ha dejado de ser solo el digno ciudadano, el buen padre de familia y el respetado y respetable maestro de sus discípulos, para pasar a encarnar las ilusiones de progreso de todo un pueblo, que ha visto ya la luz y no admite más sombras en su camino.

No hay duda de que usted tiene una enorme responsabilidad por delante. Junto a esos nuevos sueños de las mayorías nacionales, usted también deberá enfrentar los viejos rencores de los antiguos dueños del país y las lógicas aspiraciones de los sectores empresariales. Y ciertamente no faltarán los vivarachos de turno, que ven a un cambio de gobierno como la oportunidad ideal para trepar, colocarse en buena posición y colocar también a los de su bando.

Nuestro país está hecho con todos esos elementos, que, por suerte, usted conoce bien. De una parte, un pueblo sincero y trabajador, que lo único que quiere es la oportunidad de trabajar, para sobrevivir con dignidad y educar a sus hijos, a fin de que se abran paso en medio de la telaraña de dominación existente. De otra parte, una oligarquía prepotente, que ha tejido esa telaraña de intereses que oprime al país y se siente ofendida cuando el pueblo contraría sus ambiciones.

Mas en medio de esos elementos sociales básicos, hay otros que participan en el juego político: una clase media que se cree dueña de su destino, solo porque tiene un celular en la mano y participa en el loco reparto de imágenes y consignas que nacen del poder mediático; una clase política dispuesta a cualquier cambio de camiseta con tal de participar en el reparto burocrático; y unos grupos empresariales y socioprofesionales que están siempre listos a pedir un aumento de tajada para su gremio.

Y por fin están los miembros de la picaresca nacional: gentes que han pasado por tres o cuatro partidos políticos y siguen con la misma frescura del primer día. Fueron bucaramistas primero, gutierristas luego y finalmente verdeflex, o naranjas primero, demopopulares luego y socialcristianos por fin. Otros tuvieron metamorfosis todavía más complejas. Pero la palma se ganan los que han estado en más de cuatro partidos y han permanecido más de veinte años en el Parlamento o han sido embajadores políticos de cuatro o cinco gobiernos sucesivos. No exagero. Los hay, los hay. Y algunos todavía tienen micrófono.

Frente a ese panorama, la pregunta que se impone es: ¿Cómo seguir construyendo un nuevo país con tan disímiles y contradictorios elementos? ¿Cómo llegar a consensos políticos sin ceder en los principios?

Por suerte, señor Presidente, usted conoce bien a su país. Usted, que es hombre de la frontera, que es hijo de maestros, pero que también viene de una casta de políticos populares, conoce bastante bien al toro bravo que tiene por delante. Y estoy seguro de que sabrá lucirse en la faena. (O)

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