Así somos

- 05 de abril de 2017 - 00:00

Los seres humanos estamos hechos de profundas e irreconciliables diferencias, tanto como individuos como a nivel de grupos sociales y comunidades. No basta con haber nacido en el mismo suelo ni con haber compartido similares experiencias a lo largo de la historia. Cada grupo evalúa las experiencias de diferente manera y las valora o estigmatiza públicamente de acuerdo con un sistema de valores y creencias, pero en el fondo de su corazón lo hace desde la conveniencia o inconveniencia que esto presente para sus intereses. Y mientras más intereses, más quisquillosos nos volvemos.

Parecería, por ejemplo, que con una obra pública sólida y unos importantes avances en servicios públicos, como educación y salud, bastaría para que, si no todo, por lo menos una gran parte del país supiera valorar la calidad de un gobierno en relación con otros que en ese aspecto fueron deplorables. Pero no. No es suficiente. La gente quiere más que eso: quiere, por ejemplo, libertad de expresión. Ahora, claro, hay que ver qué mismo es, en qué consiste esa libertad según el imaginario popular… Y consiste en lo siguiente: en poder expresarme yo sobre lo que yo quiero como yo lo quiero. Los contrarios a mí, no importa. A ellos, si dicen algo que no me gusta, les puedo acusar incluso de “morder la mano que les da de comer” solo porque expresan un pensamiento divergente al mío. Y lo peor de todo es que tienen razón, hasta cierto punto.

Uno debe poder expresar el disenso, el pensamiento contrario, el descontento con lo que a mí no me gusta o me conviene. Pero la cosa se tuerce un poco cuando pido ese derecho para mí y no se lo reconozco al resto bajo ningún concepto. Parecería también que la modernización de una serie de sistemas y trámites caducos que daban pábulo a ingentes actos de corrupción de todo tamaño, comenzando por la pintoresca profesión de ‘tramitador’ y terminando Dios sabe dónde, también habría servido para contrastar y comparar con lo anterior. Pero tampoco. Lo que nos molestó es la prepotencia, la ironía, la supuesta descalificación de los enemigos que, por otro lado, no hacían más que descalificar a diestro y siniestro de todas las formas posibles, pero es que ellos sí tenían derecho, qué más, incluso en el momento de escoger a un consuetudinario prepotente como su candidato a vicepresidente.

Nos acogimos al miedo de convertirnos ‘en Cuba y Venezuela’, aunque la evidencia real fuera que eso no ocurriría, a no ser que alguna otra fuerza política lo impulsara desde el odio y con una de sus armas más potentes: el boicot. En lugar de confiar, como mandan casi todas las corrientes espirituales de esta nueva era, preferimos aferrarnos a los temores y las angustias de los ya conocidos agoreros del desastre. Repetir lugares comunes. Pensar con cualquier cabeza, menos con nuestro propio cerebro.  Pero lo más triste de todo es que en el fondo de nuestra alma seguimos esperando que venga un mesías a darnos lo que deseamos. Y ojalá esto quede claro: no lo que es bueno para todos ni lo que necesitamos, sino lo que deseamos dentro de nuestras particulares agendas.

Y obviamente, como la tierra que espera la lluvia, no estamos dispuestos a hacer nada. Incluso, si no gana nuestro candidato, estamos dispuestos a ponerle la zancadilla para que le vaya mal, no importa si en la caída nos lastimamos todos, de eso se trata. Entonces, aunque en nuestro país hayan cambiado muchas cosas, unas cuantas, para bien, otras pocas para mal, en nuestro interior no ha cambiado todavía nada, por lo menos no lo suficiente como para hacernos comprender que la madurez de espíritu es un trabajo personal, y que, en la potenciación del bien común, aunque nos toque hacer algunos sacrificios, todos saldremos beneficiados. En el fondo, seguimos siendo niños… y no muy bien criados. (O)